La felicidad de vivir con menos

Hotel Casa Miranda, en Mahón

Hotel Casa Miranda, en Mahón

Hace unas semanas pasamos dos días en un hotel de Mahón llamado “Casa Miranda”.

No lo hubiera elegido si no fuera porque me cautivó, mirando las fotos, su blanca sencillez y una suerte de despojamiento de las cosas que me recordó al convento de monjas donde pasaba los veranos porque, además, tiene una iglesia muy cerca, que se atisba desde alguna habitación, con su campanario y el cielo en lo alto.

Nada más entrar, miré hacia un espejo que quedaba a la derecha, y resultó ser un agujero con forma de óvalo que, según me fijé, es muy común en algunas fachadas de Maó, a modo de gran claraboya u ojo de buey, pero en esta ocasión separaba la entrada del comedor, y aunque pasé dos días mirando hacia allí por si me veía reflejada, ya que un espejo atrae siempre mi mirada, no sólo por verme a mí, sino por la manera diferente en la que se ven las cosas, tropezaba con la realidad del otro lado del muro, y siempre me sorprendía haberme vuelto a equivocar. Más que un espejo, engaña este hueco en la pared. Puede que sea el símbolo del propio hotel: hacer virtud de lo que falta por innecesario.

En cuanto llegas, compruebas que no hay nada superfluo en el maravilloso hotel “Casa Miranda” lleno, sin embargo, de magia, de esa magia que no se ve y que está en la ausencia de pretensión, en la sencillez de no querer ser nada más que lo que se es: un sencillo hotel con doce habitaciones sin lujos, pero con todo lo necesario para ser feliz unos días en Mahón. Y así lo hablamos con uno de sus dueños, Jordi, que te atiende en la recepción, más feliz que unas pascuas, porque, como su hotel, ha conseguido también él apreciar la felicidad de vivir con menos. Nos impresionó. Como dice mi madre, y he escrito repetidamente aquí: “hay que hablar”. Porque hablando supimos de su vida, tan curiosa, que no relataré porque es sólo suya, pero sí diré que todos los caminos le llevaron al lugar donde empezó, para empezar de nuevo de una mejor manera y con una nueva filosofía: nada superfluo.

Me temo que por esta filosofía no nos va a quedar más remedio que transitar si atendemos a lo que comentó hace unos días un financiero para definir la situación que se nos viene encima, calificándola como de: “huracán”.

Ya estamos notando en el aire las primeras ráfagas de este huracán cada vez que hacemos una compra en el supermercado.

Mi respuesta a la subida de precios ha sido comprar menos.

En realidad, nunca había gastado tan poco.

Repaso la lista y me dedico a tachar todo lo innecesario que, al final, era demasiado.

Pastilla de jabón en vez de gel de baño; fruta y verdura sólo de temporada y de proximidad, mejor si es del mercadito que ponen martes, jueves y sábado en la plaza de Betanzos; de pescado, sardinas, que están en sazón estos días.

No hay duda: hay que empezar a vivir de otra manera.

Puede que no sea tan malo, si nos adaptamos, para lo cual habrá que empezar por irse despojando de lo innecesario.

¿Y qué es lo innecesario?

La mayoría de las cosas que tenemos.

Creo que podría prescindir de casi todo, siempre que no me quiten la contemplación diaria de la Naturaleza, la luna, allí arriba, el lino recién florecido, el campo undoso de hierba espigada que tengo delante con las primeras milenramas, los grillos cantando toda la noche, y ahora también ¡un búho!

O eso me ha parecido cuando al pasar cerca de donde tengo un arce, un ciprés y una camelia creciendo muy juntos, cerca de la farola municipal del camino, que por eso los planté, para que la taparan; he visto sobre el suelo una cosa que no he sido capaz de identificar, por lo cual le hice una foto para verla después ampliada con calma y ha resultado ser ¡una egagrópila! también llamada por los cetreros “plumada” ya que esa suerte de bolas que regurgitan las aves con toda facilidad con los restos de lo que han comido y que no son capaces de digerir como las plumas, los huesos de fruta y de animal, los pelos, incluso los dientes, se quedan en una suerte de amasijo que hay a quien le podría disgustar encontrar, pero no a quienes nos gustan las aves, porque ahí se ve un mundo y lo que a mí me ha parecido ver en esta egagrópila es un búho real.

Estoy que no me lo creo de felicidad.

No tengo nada y lo tengo todo.

La esperanza de escuchar esta noche al búho real ululando a la luna, blanca como la mancha de su pecho, que sólo se ve cuando canta.

¿Qué más se puede pedir?

“Mientras tenga la amistad de las estaciones nada hará de la vida una carga para mí”, es una cita de H.D.Thoreau que escribo de memoria.

Lejos de desaparecer esta necesidad, aumenta cada día, como lo único esencial, el amor a los míos y a la Naturaleza.

Esa es para mí la verdadera felicidad que, al final, ha resultado ser, lo más sencillo.

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