El valle de Dios

El Valle de Dios

El Valle de Dios

Es la primera vez que piso el valle de Dios.

Al menos la primera vez sabiendo cómo se llama porque fue precisamente el topónimo por el cual quise acercarme esta mañana a ver un valle con un nombre tan omnipresente, como es el de Dios.

No me decepcionó.

Al contrario.

La verdad es que cualquiera corroboraría ese nombre al ver todo un campo sin segar de hierba espigada, undosa, aún verde, y al fondo, ¡qué cosas!, el perfil de túmulo funerario gigante, de yacimiento megalítico prehistórico, que conforman los Montes do Gato.

¡Qué bonito!

Si Dios existe, pasea por este valle.

Había cientos de gorriones entre las espigas, alimentándose ya del grano, formando una parte del tallo sobre el que se cimbreaban con el viento, escondidos como peces entre las algas, dando un salto de vez en cuando, lo cual hacía que los viéramos en el mar verde del campo de donde surgía, como el lomo de una ballena, el monte, muy tumbado, sin querer ser más alto de lo necesario, todo loma suave, sólo como para estar allí quieto mirando al valle de Dios; y el valle de Dios, mirándole.

La iglesia de Bandoxa, está muy cerca, y un bando de golondrinas volaba esta mañana casi al ras del césped primorosamente segado, lleno de tréboles, que tiene delante mientras, en la casa de al lado, unas ovejas con sus corderos pastaban la hierba fresca de un contenedor donde acababan de echarla.

El día, estaba nublado, pero con ese resol de la primavera que encuentra resquicios de luz, ya entre las nubes, ya en cada planta florecida de amarillo como las retamas, o ya en la orilla de los regatos con el verde claro de los fresnos, tan divididas sus hojas que parecen componer un puzle perfectamente terminado sobre la copa del árbol que las sostiene.

Todo está en su sitio, incluso la vejez de algunas casas, con su letrero de “Se Vende” y su manguera de agua subiendo por la ventana del baño sin agua corriente, y su puerta de madera gris por el sol de los siglos. No es la lluvia sino el sol el que más estropea la madera, y volviéndola grisácea, incluso clara como una sábana, si pega el sol en la puerta, cuando sale tras abrirse paso entre las nubes.

El sol, en Galicia, es muy fuerte, porque el cielo está muy lavado por la lluvia. En pocos lugares hacen tanta falta como el paraguas las gafas de sol. Es más, yo nunca llevo paraguas, pero no puedo pasar sin un sombrero y sin las gafas. Si no los llevo, siento que me falta algo, como imagino que al señor de los topos le sucedería cuando paseaba sin el paraguas en la espalda, que solía llevar colgado del cuello de su camisa, anunciando que ese día llovería. No sé por qué me he acordado de él, tal vez porque pasé esta mañana por una casa donde ponía “La casa del asturiano” y recordé que él lo era y que a las toperas las llamaba topineras. Llevamos las palabras con nosotros más dentro de lo que creemos, y ese llamarse un lugar como el que he visto esta mañana, valle de Dios, sólo puede corresponderse con algo sagrado, que tal vez va más allá de la iglesia de Bandoxa y alcanza también a la necrópolis del Monte do Gato, la más importante necrópolis prehistórica de toda Galicia por la concentración y abundancia de túmulos funerarios muchos de ellos aún por catalogar.

No muy lejos de este valle, está el castro de Bandoxa, que se intuye más que se ve de la cantidad de silvas que tenía esta mañana, pero sí pude por el camino, observar una zigena, que tal vez pudiera ser una Zygaena lonicerae porque, de las cinco manchas fucsias que tiene sobre el fondo azul oscuro, casi negro, de sus alas, las dos del medio están separadas, y porque no sería extraño que la lonicera, que es la madreselva, abundante por los montes, fuese su planta nutricia. La ilusión que me ha hecho descubrir este lepidóptero volando como un diminuto colibrí, fucsia y azul noche, de día entre las hierbas altas, no soy capaz de describirla. Es curioso que me gusten tanto los árboles, las fuentes y las piedras que, por aquí, territorio de Nendos, se adoraban, y a la vez todos estos insectos y pájaros que nos alegran los días nublados porque no esperábamos encontrarlos como el sol al salir entre las nubes.

Tampoco a las tres mujeres que me firmaron para que el Monte do Gato sea Parque Natural mientras fotografiaba las flores de una planta de jardín que se conoce como “pendientes de la reina” y que en este caso me gustó porque parecía una variedad muy antigua. Al volverme, vi a una señora con dos lechugas frescas como rosas en la mano y entonces me presenté. Resultó que me conocía por la prensa local y que sabía de nuestra lucha para salvar los Montes do Gato. ¿Quiere firmar? “¡Claro!” me contestó. Volví sobre mis pasos al coche para buscar los papeles y un bolígrafo azul que acabé regalando porque, al regresar, ya no había una, sino tres mujeres esperando para firmar y al final hasta me saqué una foto con ellas ya que es algo extraordinario que no había sucedido hasta ahora en toda Galicia, que la vecindad firme para que los Montes do Gato se declaren Parque Natural, el primero por iniciativa popular, y el primero en Galicia tras 20 años, ¡veinte!, sin proteger su Administración ningún espacio como Parque Natural.

El Monte do Gato podría ser el primero.

No poca gente lo quiere: más de 36.000 personas, entre firmas digitales y a mano, lo han pedido ya.

Los Montes do Gato poseen todos los requisitos para ser Parque Natural.

Diez mil hectáreas.

Paisaje.

Agua.

Cultura.

Ciencia.

Biodiversidad.

Castillos medievales.

Castros.

Camino de Santiago.

Y el Valle de Dios a sus pies.

¿Se puede pedir más?

No.

¿Se puede pedir más alto y más claro?

Sí.

El próximo domingo 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, a las 12 horas en Santiago de Compostela, donde la coordinadora “Eólica Así Non” ha convocado una gran manifestación.

Hasta Dios nos oirá.

Y no me cabe duda de que, antes que la Xunta, que parece tener problemas de audición para el Rural, nos escuchará.

Al menos a las mujeres del valle de Dios.

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