Ramales

Ramales

Turismo de CantabriaRamales de la victoria

Si yo pudiera ser un bosque me gustaría ser como uno de los que suben hacia el pico San Vicente, visto desde Ramales de la Victoria, en Cantabria.

En realidad, querría ser cualquier bosque de Cantabria en mayo, con ese verdor nuevo de las hayas saliendo de troncos agrisados por el tiempo, orlando de vida las piedras de los collados del Asón que dan nombre a un Parque Natural que es uno de los más bonitos que he visto en mi vida, aunque no llegáramos a verlo del todo, para disgusto de nuestro ilustrado guía, José Luis, que además de su sabiduría aportó una tortilla de patatas riquísima cocinada por su mujer, Sara, lo cual tiene su mérito, ya que el día anterior cantaba en un coro y además salíamos en principio temprano para subir hacia los collados, no sin antes detenernos con el arcoíris que parece atrapado entre la piedra, el sol y el agua de la cascada, cola de caballo blanco, del nacimiento del río Asón, discurriendo allí abajo, con los avellanos y los fresnos en sus orillas, y los caballos alazanes, con sus potros, sobre los pastizales, mientras una collera subía al galope, en una de las imágenes más impresionantes que he contemplado, ladera arriba, buscando los pastos de la mañana.

Después, ya dentro del Parque Natural, descendió de la misma manera, un poco salvaje, un rebaño de vacas casinas con sus terneros, lo cual daba al paisaje la nota de color que más le iba, amarilla rojiza, los terneros más claros, bajando entre el sonido de sus patas entre las piedras y las llamadas de quienes las pastoreaban para que no se salieran del camino, componiendo una estampa, persona y animal, que era nueva y antigua al mismo tiempo y que emocionaba al darnos cuenta de que, por aquí, no sólo se han conservado los bosques autóctonos, hayas, encinas, enebros, serbales, majuelos….sino también los usos tradicionales de la comarca, lo cual me lleva a colegir que el respeto a la Naturaleza es también un respeto a las personas que habitan ese territorio; y al revés, que cuando se maltrata un paisaje, se está maltratando a las personas que en él habitan.

Pero no quiero que mi barruntar enturbie el día azul que tuvimos, el calor de mayo, las campánulas azules por el suelo, tan hermosas, abiertas al sol, con líneas amarillas como rayos por dentro, y esos buitres leonados cicleando por el cielo, y la blancura de los collados, y las fuentes de agua fresca, y esas cabañas de piedra en las que yo viviría, en cualquiera de ellas, para ver cómo cambian en otoño los colores del hayedo, o mirar, sin cansarme, las curvas que trazan los regatos por los pastos, el verde pálido, casi irreal, de las hojas de los serbales, sus flores blancas en corimbo abiertas, la manera en la que los abedules, y su tronco claro, hacen juego con las piedras del suelo cubiertas de musgos y de hierbas con delicadas flores en panícula, también blancas, que parecían respirar con el temblor de un alma en la umbría del bosque.

Ya me lo dijo Isabel, ¡tantas veces!, “tienes que venir a Ramales”.

Ramales de la Victoria, porque fue aquí donde se libró en 1839 una batalla decisiva para el triunfo liberal de la Primera Guerra Carlista, pero a mí me gusta pensar que también por el amotinamiento de este pueblo que forjó el dicho “se armó una más gorda que la de Ramales” cuando los periódicos de Madrid se hicieron eco en 1893 del corte de la carretera Madrid-Laredo a su paso por Ramales, al pretender el Ministerio de Gracia y Justicia suprimir su partido judicial e integrarlo en Laredo.

Para cortar la carretera utilizaron lo mejor que tenían, los troncos de los árboles, que imagino, eran hayas.

Siento un enorme respeto por las personas que defienden su territorio, su paisaje, y su Naturaleza porque están defendiendo su vida.

Y allí está, desde por la mañana, triunfante, el pico San Vicente, blanco y azul, con sus laderas plenamente cubiertas de unos bosques que son más bien intrincadas selvas, de las que ya no quedan.

¡Qué maravilla!

Y eso que nos quedaron muchas cosas por ver, como la cueva de Cullalvera.

Pero así es mejor, para soñarla.

Nos fuimos cargados de regalos, anchoas del Cantábrico, bonito del Norte, queso picón, y un libro que ya estoy leyendo “La sociedad paliativa” de Herder Editorial en el que su autor, el coreano Byung-Chul Han, reflexiona acerca del dolor.

Muchas gracias Isabel y Ricardo.

Muchas gracias José Luis.

Ramales.

Ramales de la Victoria, cuánto hemos ganado al ir.

Sobre el autor de esta publicación