La estufa

estufa de leña

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Con unos pequeños ahorros que tenía, me he comprado una estufa de leña.

Creo que fue Pla quien dijo que envejecer era un progresivo enfriamiento, o algo así, por eso no lo entrecomillo ya que, al escribir, el orden de las palabras sí altera el producto.

Pero no es por el frío por el que me he comprado la estufa, ni mucho menos, sino porque era una ilusión que albergaba yo desde hace tiempo y, habiéndome decidido por fin a cumplirla, y creyendo que resultaría más económico comprarla pasado el invierno, lo cual ha dado lo mismo porque ya no hay nada económico en ningún momento de la era postpandemia, esperé a que florecieran los cerezos para decir en voz alta: “Quiero una estufa”.

Cada vez que pronuncié estas palabras, recibí la misma contestación, pero “¿no tienes ya una chimenea?”

Sí, como un armario de piedra.

La hice por encargo desde Madrid, cuando no me podía mover porque estaba embarazada, y sin pensarlo muy bien, pedí por teléfono que la embocadura tuviera un metro de largo por un metro de alto, lo cual no me pareció mucho, hasta que la vi.

Ya desde la ventana, me quedé espantada, porque además el tiro aún seguía negro, sin pintar de blanco… “Eso… ¿no será la chimenea?”

Quise tirarla, pero ya estaba hecha; y a lo hecho, pecho.

La chimenea era más grande que el cuarto de los niños.

Cuando nos mudamos, todo lo que no sabíamos muy bien donde poner, lo pusimos dentro de la chimenea.

Tardamos años en encenderla porque daba miedo hacer allí un fuego, por si se quemaba la casa.

Era una chimenea de palacio en una casita de aldea.

Le puse de todo para disimularla.

Al principio, un helecho enorme dentro que, según fueron pasando los días, se fue secando.

Después la recubrimos de libros, de flores, de adornos, de jarrones, espejos, cuadros, pero la chimenea, lejos de achicarse, parecía más grande con cada cosa que le poníamos encima.

Yo en realidad, quería una salamandra, pero alguien me convenció de que lo que había que poner, era una chimenea de piedra.

No digo que sea fea, pero no es lo que yo quería, y esa sensación no me la he quitado de encima hasta que me compré hace unos días la estufa de leña, la más sencilla del mercado, de fundición, sin una sola floritura y con la única condición de que se viera el fuego y tuviera un cajón para las cenizas.

Viendo fotos de casas inglesas en el campo, me di cuenta de que, en muchas de ellas, también con chimeneas grandes, habían metido una estufa dentro, y al lado unos leños y un fuelle y unas herramientas, de ahí que decidiera que, por fin, tras años con miedo a encender el fuego y si lo encendía, estar siempre preocupada de si se caía un leño o si salía el humo por la embocadura, tomé la irrevocable decisión de comprar la estufa e instalarla aprovechando el tiro de la chimenea.

Tuve mis detractores, por supuesto: “Qué pena, con lo bonita que es la chimenea”, “no lo entiendo”, etc.

Pero yo lo tenía clarísimo.

Hacía treinta años que lo tenía claro.

¿Por qué tardamos tanto en hacer lo que pensábamos desde el principio?

Esta edad a la que he llegado me encanta, precisamente por esto; la edad del ahora, o nunca.

Y me he comprado por fin la estufa de leña.

Puede que sea una de las decisiones domésticas más acertadas de mi vida.

Todo ha cambiado.

Miro la previsión del tiempo, y aún dándome rabia que vuelva el frío, me encanta poder encender la estufa desde por la mañana, salir afuera a por unos leños de las podas y a por esos cándalos, ramas secas que se desprenden de su árbol con un chasquido, y que son las ramas que mejor arden porque son las que el árbol ha tirado al suelo con las podas del viento.

Ahora sé que en vez de jardín tengo un bosque para esto, para salir a por la leña caída.

Comprendo que esta imagen no sea muy atractiva, pero a mí me parece que todo lo que hice en mi vida fue para llegar a esto, tener una estufa y leña para el invierno.

Uno de los requisitos indispensables de César González-Ruano para vivir en una casa, era precisamente que tuviera estufa de leña, da igual que fuera una buhardilla llena de goteras en Roma o un piso en Madrid, no escribía una sola línea, no quería vivir allí, si no tenía estufa.

Ahora le entiendo.

No hacen falta grandes chimeneas para tener sensación de hogar.

Escribir al lado de un fuego, sencillo y pequeño, sin grandes leños, sólo las ramas caídas de los cerezos.

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