Alerta naranja

Josep Borrell pide que bajen la calefacción y el consumo de gas

EFEJosep Borrell

Es la primera vez que estoy bajo una alerta naranja que no está referida al tiempo meteorológico.

Acostumbrada a la mar arbolada y a los vendavales, no podía imaginar que fuera por el precio de luz y el inicio de un, de momento sugerido, racionamiento, lo que pudiera llevarme en Paris, con toda Francia, a estar bajo un aviso de alerta naranja por riesgo de apagones debido al parón de las nucleares y al frío.

Y si la mar arbolada, según la escala Douglas, tiene olas de entre 6 y 9 metros de altura; la alerta energética naranja se traduce en 3.000, sí, tres mil, en concreto 2.987,78 euros/ MWh entre las 8 y las 9 de la mañana del lunes 4 de abril, siendo ayer en Francia el precio medio la luz durante todo el día 551 euros/ MWh.

No es de extrañar, pues, que la Réseau de Transport d´Électricité (RTE) recomendara poner la lavadora mejor antes, o pasado este lunes.

A mí estas recomendaciones domésticas desde las más altas instancias son las que más me preocupan porque hablan de nuestro día a día, es decir: de la vida real, que es aquella en la cual las personas ponemos la lavadora.

Me recordó a aquella otra sugerencia del señor Borrell cuando solicitó a todos los europeos, por ahora sólo nos lo solicitan, que bajaran un grado el termostato de la calefacción. Alguien además, creo que ha sido algún ministro francés, ha hecho un cálculo de lo que ahorraríamos apagando cada persona en su casa una bombilla y lo ha comenzado a propalar a los cuatro vientos como si fuera algo novedoso, alguna suerte de descubrimiento, haciendo los cálculos y todo, algo que, con todos mis respetos, mi abuela Paz ya había colegido, visionaria por haber vivido la guerra, enseñándonos desde niños una frase, “Apaga la luz”, cuyo eco la seguía, luminosa y oscura, mientras avanzaba por el pasillo.

De mi paso por ABC, escribiendo durante casi 20 años seguidos, me ha quedado el recuerdo de lo que me contó un querido teclista, sobre cómo se enfadaba Guillermo Luca de Tena, “el patrón”, cuando llegaba por la mañana y veía que las luces de la Redacción seguían encendidas, aunque no hubiera nadie, o casi nadie, y hubiera llegado el día mientras las hojas de los periódicos volaban ya con los pájaros hacia el pensamiento de las personas.

Leer las noticias en papel, cuánto se añora, esa buena comida para el intelecto, alejada del picoteo donde atisbé, entreverada la noticia entre mil cosas más de ayer, que se había declarado una alerta naranja energética en Francia.

Ya no vivimos, sobrevivimos.

Las noticias preocupantes se nos agolpan.

Y entre ellas, la luz que empieza a faltarnos.

Hace unos días, me refrescó mi amiga Elena una frase que no recordaba, y era aquella de la campaña por la crisis petrolífera del 73 que decía: “Ahorre, usted puede permitírselo, pero España no puede” o algo así.

Y en eso iba pensando yo por la calle mientras hacía la compra por Montmartre empujando el carrito de mi nieta Alba.

Está ya claro que no hay más remedio que ahorrar energía, aunque podamos pagarla, seamos o no “isla energética”.

Es, con el agua potable y la tierra fértil y el aire puro, el nuevo bien escaso.

La energía.

Alerta naranja.

Apaguen por favor la luz al terminar este artículo, hubiera escrito hace unos años.

Apaguen hoy, por favor, todo lo que puedan, escribo ahora.

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