Lágrimas

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EFEguerra Ucrania

Es difícil escribir de Ucrania desde aquí, la habitación número 53 del Hotel Literario Marcel Aymé, un desván con tres ventanas donde, si salgo al balcón corredizo de zinc, contemplo a mi derecha el Moulin de la Galette, al final de la rue Tholozé; y a mi izquierda, la torre Eiffel.

En lo alto, sobre un cielo irreal del azul tan verdadero que tiene hoy, el sol bajando.

Podría escribir del juego de luces que hacen en este momento sus rayos sobre la habitación mientras, al trasluz de los visillos, asoman cientos de chimeneas de ladrillo que no humean, a pesar del frío.

Hay una calma inusitada en Montmartre, como si no sucediera nada en ningún lugar del mundo.

Leo “La jument verte”, un libro de Marcel Aymé que no estaba en la mesilla, sino caído bajo el armario, “tengo que leer más en francés” pienso, y no es la primera vez que lo pienso y luego no lo hago. Abro Twitter y leo que hablan de una serie en Netflix de Ucrania: “Winter on Fire: Ukraine´s Fight for Freedom”. La veré esta noche con calma, que ahora tengo que irme, no sin antes dejar algo escrito sobre Ucrania.

No la conozco, no sé nada.

Debe ser una tierra preciosa si están dispuestos a luchar de esa manera por ella.

La fuerza que da la tierra a las personas es la más grande de todas.

Somos más árboles de lo que creemos.

Nacemos enraizados con los pies en las sábanas.

Olemos el lugar como animales y aprendemos sonidos y colores y aromas que no sólo recordamos toda la vida, sino que puedes estar dispuesto a perder la vida por ellos. La tierra, el país, la patria, eso que en ecología llamamos hábitat, pero que para la persona es mucho más porque representa su entorno espiritual, además del vital.

Llama la atención que, a cualquier ucraniano que le pregunten estos días, sea hombre o mujer, les brillan los ojos, pero no de rabia o de ira, como hemos visto en otros pueblos, sino de amor por su país y su tierra y su paisaje y su Todo.

El pueblo ucraniano, sin conocer a nadie que sea de allí, me ha parecido estos días que está formado por personas extremadamente fuertes y sensibles al mismo tiempo. Es una mezcla explosiva la sensibilidad unida a la fuerza. Son personas sin miedo. Capaces de sufrir más que nadie, pero también más capaces que nadie para aguantar el sufrimiento si tienen que defender lo suyo.

Secando la otra noche el pelo a mi nieta mayor tras el baño, me emocioné cuando empecé a contarle, para que me dejara secarle el pelo, que mi madre también hacía lo mismo conmigo y que me llevaba a la cocina y me sentaba en una silla y me secaba el pelo primero con una toalla y luego con un secador. El aire caliente, las manos de mi madre, la toalla sobre los hombros, es una sensación que no ha desaparecido de mi vida y, al acordarme, se me llenaron los ojos de lágrimas.

Al fondo, las imágenes de las noticias en la televisión, de niños envueltos en buzos con gorros y guantes y chupetes de colores en la oscuridad repentina de sus vidas. Había una madre que caminaba decidida con su hijo de unos dos años atado delante. Yo secaba el pelo a mi nieta Gabrielle, se había dado un baño, estaba en pijama, tenía la cena calentita ya hecha.

Esos niños, Dios mío.

Muchas de estas mujeres ucranianas se parecen a su bandera, azul y amarilla, los ojos claros, el pelo blondo. No son frágiles, al contrario, pero lloran a las cámaras de una manera que no he visto nunca. Sin sollozar. Sin quejarse.

Sin amargura.

Son lágrimas de tristeza.

De la tristeza infinita que da la pérdida de la tierra.

La luz del sol se ha vuelto dorada.

Es difícil escribir de Ucrania sin saber ni conocer ni entender nada.

¿Pero de qué otra cosa se debería hoy escribir?

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