La exquisitez

Boucherie

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Hace frío en París.

Sopla un viento que mueve como lianas las hiedras de los balcones.

La alegría en la calle es la misma.

No puede nada con el sempiterno trajín de Paris, y menos aún con el de Montmartre.

Salgo a hacer la compra y me detengo en la boucherie del 50 rue des Abbesses a comprar un pollo. Ya me conocen de antes de las mascarillas. Soy la abuela española con las nietas más bonitas del mundo. Yo me imagino ya así en el futuro, con este presente en el que llevo una gorra gris de lana, en vez de una boina, desde que me la regaló mi hijo para que no pareciera una turista; pero yo me veo más con boina, quizás roja, arrastrando un carrito, yendo a hacer la comida dentro de quince años. Es un personaje que se ve mucho por aquí. La mujer mayor, sola, con una determinación y una fuerza inusitada, arrastrando el carro de la compra. Me encanta mirarlas, verme en ellas. La edad cada día me importa menos. Me produce curiosidad la vejez, lo cual es una ventaja. Me encanta el paso del tiempo, como el paso del viento por las hiedras.

Aún no he contado lo del pollo, que es digno de contarse. La “boucherie” merecería ser pintada en un cuadro, roja y blanca, todos los dependientes con delantales blancos y en la cabeza un gorrito rojo, del color de mi boina del futuro, todos muy limpios, muy amables, muy correctos, muy trabajadores. Debe de ser el negocio más rentable de Montmartre. Siempre hay cola. Da igual que sea Navidad o verano, llega hasta “La Mascotte” y sus ostras la cola de la boucherie “Jacky Gaudin” de Montmartre. Es digna de admirarse, los patés, los huevos de codorniz, los turnedós, y las aves de corral que en francés tienen un nombre precioso “volailles”, y así figura en su toldo: BOUCHERIE – CHARCUTERIE – VOLAILLES donde nos guarecemos haciendo cola los días de lluvia mientras miramos el escaparate, todo primorosamente dispuesto, como los narcisos en las floristerías, y el dueño apoyado en el mostrador, hoy que no está su señora, quien con ternura nos cobra. Sostiene la cabeza con la mano, el codo sobre el mostrador, la mirada ladeada, mirándome, sintiéndose satisfecho de conocerme. No hay nadie más en ese momento. Por eso entré. Le va a explicando al chico que me atiende lo que le digo en mi francés y también, por si acaso, en español: “El pollo troceado, sí”.

Los dependientes parecen profesores, al atendernos desde lo alto de una tarima, sobre una mampara cuyo cristal traza la curva de un arcoíris para mostrar, sin que podamos tocarlas, tantas maravillas, algunas ya preparadas. Los precios, ni los miro. Sé que será caro de antemano. Se cobra la extraordinaria calidad producto, pero también la tienda tan limpia y bien puesta, el trajín del personal yendo y viniendo, el arte al preparar lo que has pedido y los envoltorios con un lazo.

Un lazo rojo.

Unos veinte minutos tardaron en trocearme el pollo. Nunca he visto nada igual, la meticulosidad al flambear primero la piel y luego ir buscando el lugar para dar con el corte perfecto, poniendo aparte lo necesario para hacer un paté. Si estuviera en una pastelería, sería algo parecido. Todo por aquí es más ceremonioso, como si cada pequeño detalle de la existencia, tuviera más importancia de la que le damos, de manera que el hecho vulgar de ir a comprar un pollo para la cena, se convierte en un acontecimiento exquisito.

Es eso lo que está en París por todas partes.

La exquisitez.

Como la hierba entre los adoquines, florece aquí y allí para contarte que la felicidad son estas pequeñas cosas.

Una tarde de viento.

Unos narcisos florecidos.

Ir a hacer la compra.

Ya no le pido más a la vida.

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