Las mimosas

Mimosas en flor

PixabayMimosas

Intento llegar a París sana y salva.

No sé qué nos pasa últimamente que no hay tiempo ni para tener algo de tiempo.

A veces echo de menos los inviernos de antes.

Esos en los que no paraba de llover y sólo podías estar en casa mirando cómo caía el agua.

Hay a quienes esta situación les da tristeza.

A mí me parece la más dulce de todas, como cuando buceo, estar rodeada de agua.

Esa necesidad quizás me viene de haber nacido en el desierto del Sáhara donde el tiempo estaba hecho de arena.

Caía con el sol sobre la blancura de la casa.

En ocasiones echo de menos esa luz.

El sol, su luz, es la riqueza de cualquier lugar.

No nos damos cuenta de lo que sería la Tierra siempre a oscuras.

Y esa suerte en nuestra latitud, al estar el eje inclinado, de las estaciones.

Esta mañana me quedé mirando las primeras prímulas silvestres florecidas.

Me las regaló Julio hace treinta años, y siguen floreciendo, incluso cubriendo los caminos por donde las prímulas, con pasos de semilla, desde que vinieron de la umbría del monte, avanzan.

También los narcisos que me trajo mi amiga Blanca en un gran saco han empezado a espigar bajo los robles. En este caso no son flores silvestres, pero se han vuelto ya cimarronas, y salen con la inocencia de la Naturaleza, a la intemperie de febrero, con sus flores amarillas como el sol; y en los terraplenes, ya sí, las especies silvestres como el Narcissus triandrus o junquillo, que es el más discreto y hermoso de todos.

Su forma de moverse me fascina, como si saludaran al viento cuando pasa.

De París, me encantan las floristerías, ahora llenas de mimosas, como el mercado de Abastos de Santiago de Compostela hace unos días, con sus cestos de mimosas, calas y narcisos, dando luz a las piedras.

Estaban recogiendo cuando llegamos, se llevaban las flores que no se habían vendido, y era como si apagaran las luces, dejando el aire del mercado lleno de soledad y de tristeza.

Luego nos fuimos a comer a un restaurante llamado “O Sendeiro” que recomiendo vivamente porque hasta el nombre de la calle donde está es hermoso: calle del Olvido, aunque su comida fue memorable, en un patio acristalado, con las vieiras preparadas como nunca antes las habíamos probado, y luego una lubina salvaje con una salsa de tinta de calamar y otras cosas que ya no recuerdo cómo se llamaban, pero sí el sabor, como de flor, de la cocina bien hecha.

Ya de nuevo en la carretera, pasamos por bosques amarillos, de la cantidad de mimosas en flor que tenían, trozos de sol en el paisaje.

Por el camino, vimos también magnolias florecidas que asomaban desde los jardines de las casas, y camelias alfombrando de pétalos sus sombras y, en los ribazos y acirates, unas varitas que tienen unas flores rojas que no sé cómo se llaman, pero sí cuánto alegran estos días de invierno, llenos de la lluvia y de sol, en ocasiones a la vez, que estamos teniendo.

Como si viviéramos ya en guerra, sólo queremos llegar sanos y salvos a París, y comprobar si en la floristería de la rue Burq, también están florecidas las mimosas.

 

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