Un año en Normandía

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Es pronto aún para hablar de ello, pero algún día habrá que escribir de la influencia del confinamiento en el Arte.

A mejor.

Si hay algo que el Arte necesita es la soledad.

Puede que sea la propia soledad del artista, la que firme las obras.

Puede que así se conformaran también las especies sobre la Tierra, en plena soledad.

A veces me impresiona pensar que las primeras flores que aparecieron sobre la Tierra fueran parecidas a las de los magnolios, blancas, grandes, olorosas y pentámeras; pero aún más me conmueve que no hubiera entonces nadie para contemplar la belleza, hace doscientos millones de años.

La soledad, el aislamiento, es la causante de la especiación, su fuerza, y también, con toda probabilidad, la fuerza del Arte; como si, no teniendo nada que ver, sí estuvieran trabajando para un mismo objetivo la Naturaleza y el artista: hacia lo sublime.

Por eso los artistas se encontraron bien confinados, en ese tiempo sin fronteras entre las horas, con el paisaje del día abierto, sin temor a las visitas inesperadas, con el infinito de la contemplación de un instante sin límites para ahondar en él de una manera nueva: en la más absoluta soledad.

Si, además, podías estar en plena Naturaleza, entonces se unían los dos discursos, tan distintos, como uno solo, para dar músicas, pinturas, relatos que algún día habrá que analizar por haberse logrado mientras se hacía realidad el anhelo de todo artista: el tiempo detenido.

Esa es la impresión que tenemos cuando entramos en la obra de David Hockney: “Un año en Normandía”.

Escribo “entramos” porque se está dentro del cuadro, no contemplándolo, sino asistiendo al instante de la pintura, del estado feliz del artista mientras pasaba el tiempo dando belleza como las flores a la muerte.

Es difícil, estando en el Museo de la Orangerie de París, salir de los Nenúfares de Monet, donde también te sumerges en sus luces y en sus vegetaciones y en sus aguas, y que algo pueda impresionarte después.

Y, sin embargo, sucede así.

Resulta imposible asistir impasible a esa demostración clara del “punto de fuga” que tanto me explicó mi profesora de dibujo en el colegio, porque tú estás al principio de un pasillo que se va cerrando en líneas de pintura a modo de interminable friso, de tapiz de Bayeux, en el que la Naturaleza va narrando sus verdes y sus lluvias y su brillo de estrella roja en las naranjas y su azul inocente sobre los cerezos florecidos. Se ve a Monet en la intención de atrapar el instante, pero también a Van Gogh en los lirios florecidos, y se ve a todos los artistas que han vivido intentando captar, en su soledad, lo mismo: el momento que se marcha, la luz entre las manos, siempre en fuga.

La manera en la que David Hockney ha logrado esto, hay que ir a verlo (hasta el 14 de febrero estará expuesta la obra “Un año en Normandía” en el Museo de la Orangerie de París) porque somos cada uno de nosotros, al principio de esa imagen sin final, los que completamos el cuadro, demostrando que la soledad lleva a la comunicación más profunda que un ser humano puede dar, despojado de todo, a los demás, aunque “los demás” no hayan aún nacido.

Es la comunicación a través del tiempo, el “aspira a brillar para siempre en un rinconcito” de Unamuno, el que consigue hacer, del aislamiento, un Universo sin límites ni de espacio ni de tiempo ni de lugar.

Y David Hockney nos ha dado, en “Un año en Normandía”, la lluvia sobre el verdor, su granja del siglo XVI, el rojo de cuento de su tejado y el azul del cielo y la casa en el árbol y la sobriedad del invierno y la oscuridad de las ramas cubiertas de nieve y el olor de la hierba recién segada y los días pasando como si no pasaran.

Todo, según leo, pintado con un I Pad y luego unidas las 188 imágenes creadas en un friso de 90 metros de largo.

Qué más da cuál sea la herramienta.

Ni la técnica.

Ni por cuánto se pudiera subastar la obra.

Es lo que surgió dentro, en soledad, para dar a los demás, lo que vale.

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