El jacinto blanco

jacinto blanco

PixabayJacinto blanco

No es un buen momento para abrir ninguno, pero si algún día tuviera un café lo llamaría “El jacinto blanco”.

Me suena bien el nombre mientras observo cuánto ha crecido el jacinto que compré nada más llegar a París, sin tener siquiera la seguridad de que sería blanco, ya que aún no había espigado; y al igual que en los cafés preguntas una y otra vez si el café es de verdad descafeinado, así, con la misma insistencia, como si me fuera en ello el sueño, le preguntaba a la florista, “¿no será morado verdad?” Porque lo quería blanco, blanco como un año a punto de empezar en el que aún no ha sucedido nada.

Sin darnos cuenta, mientras nosotros íbamos y veníamos y atendíamos todo lo que había que atender, que es la alegría de las nietas, el jacinto ha ido creciendo hasta dar una inflorescencia llena de flores blancas de colora entera dividida en seis lacinias de pétalos cada una de ellas, exhalando, todas a la vez, el mismo aroma. No sabría describirlo. ¿Cómo se puede escribir un olor? El olor del jacinto blanco. Lo miro. Está aquí mismo, mientras escribo. Casi diría que está pendiente de mis manos, enhiesto desde el bol de agua que le puse para que en la bendita sequedad del aire de esta buhardilla con toda la luz de sol aunque esté nublado, no le faltara la humedad que pudiera necesitar para dar tal profusión de belleza, sigilosamente, como suele suceder todo en la Naturaleza.

En realidad, la Naturaleza no es esa fuerza de la que hablan, desde el estruendo de una tormenta, a un volcán o un maremoto. Eso es la Tierra, pura geología o meteorología. La Naturaleza es otra cosa. Es puro sigilo. Algo que sucede como si no estuviera sucediendo nada, por detrás de los sucedidos. No se detiene. No se resiente de ninguna manera por nuestras pequeñas o grandes cuitas. La Naturaleza sigue. Continua a su aire. Toca su propia música para ella misma. En ocasiones hecha de olores, como este olor del jacinto que conquistó de tal manera la nariz humana que desde el Levante mediterráneo al Mediodía europeo se fueron desde el siglo XVI cultivando en los jardines, pasando de los discretos jacintos de bosque o los jacintos salvajes mediterráneos, a estos que nos venden en las floristerías, mucho más grandes y cubiertos sus bulbos con más capas, pero con la misma magia, porque parece casi algo de birlibirloque, y no pura ciencia, o puro quehacer vital, dando de un día para otro este olor que es blanco y es dulce y es profundo y es eterno aunque se huela un instante.

Un olor que llena el aire parisino que respiro.

Que adorna la luz que llega desde el cielo a esta casa.

Que alegra la grisura de los tejados.

Que da esperanza.

Un año más por delante.

En blanco.

Como un jacinto.

Feliz Año Nuevo.

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