Formas de escribir

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| Pixabay

Hay, al menos para mí, dos formas de escribir.

Una sirve para algo.

Las palabras ejercen una fuerza real que puede mover las cosas.

La otra, no vale para nada, pero es la única que perdura.

Desde hace un año escribo palabras como flechas, pero esa no es mi escritura, es sólo un paréntesis, espero, porque si yo quise escribir fue para lograr la nada.

Es algo muy parecido a escribir para alguien o para nadie.

Hay quien escribe para su público.

A mí no me gusta escribir de esa manera.

Al contrario, no comprendo que alguien lea lo que escribo, porque cuando escribo de verdad no lo hago para una persona ni para una cara en particular, ni siquiera para que se publique, aunque no escriba una línea que no vaya a ser publicada; escribo, no sé muy bien a quién, ni para qué, pero esa es la única escritura de la cual creo que podría llegar a vivir para siempre.

Es un escribir en el aire, al vuelo, sin ningún objetivo concreto.

Y soy absolutamente feliz si consigo traducir a palabras, exactas y en el orden acertado, un pensamiento que pasa fugazmente por la cabeza cuando observo algo de la Naturaleza.

Es una escritura que no toca la tierra.

Ni el papel.

Porque se escribe en el pensamiento.

Y viene ya redactada, con su sintaxis y su puntuación exacta.

No hay que hacer nada.

Sólo no hacer nada.

Hay a quien llama a esto “escribir a vuelapluma”.

Pero la pluma que escribe, la péñola, toca con la tinta el papel.

Aquí vuelan las palabras directamente desde las cosas al pensamiento, una luz, un pájaro, unas hojas, unas ramas, unas mazorcas que hablan sin decir nada para que escribas de ellas.

Imagino que la pintura es algo parecido.

No se pinta lo que se ve.

Si no lo que se ha percibido al ver algo.

Todo lo demás desaparece.

No hay nada más en ese instante donde reside el infinito para siempre.

Pienso “los pájaros tienen forma de hoja” y sólo existen las hojas amarilleciendo y ese gorrión posado sobre la rama sustituyendo a una hoja recién caída.

Todo se enfoca a ese hecho simple, sin importancia, que la palabra sin embargo atrapa y que a mí me hace sentirme como si hubiera hallado el secreto de una fórmula de la cual todo estuviera hecho.

Rendijas que hay sobre la realidad y que me gusta descubrir para entrar en ellas y quedarme allí, entre la hoja y el pájaro y la rama.

No debería haber escrito el último año de otra manera.

Si hay algo que lamento, es haber perdido no sólo la escritura sino el lugar donde yo vivía, que era Babia, para adentrarme en la practicidad de la letra escrita cuando dice algo o sirve para algo.

La escritura al servicio de la realidad.

Cuando debería ser, al menos en mi caso, justo lo contrario, y estar, por encima de todo, la escritura, allí arriba, hecha de palabras que vuelan, aunque se hayan atrapado por un momento para echarlas a volar de nuevo ordenadas de otra manera.

Cuando te expones a

la belleza

te expones

también

a su pérdida.

*

El mar,

no para de hablar.

*

La calma es

la cortesía

del viento.

*

El frío

como el fuego

es rojo.

*

Esa forma de

monte

que tienen los

tejados.

*

Las hojas

abrigan

el suelo.

*

La compañía

ancestral

del fuego

mientras escribo.

*

Y nada más.