La vida de la mujer escritora

Huele a vino la tierra.

Van cayendo al suelo con las hojas las últimas uvas de la parra mientras dejan un olor que te envuelve y te marea de felicidad como si lo hubieras bebido. Te acuerdas. Te acuerdas de otro otoño y de esas mismas flores, los cólquicos que emergen de la tierra cuando se caen las uvas con los pámpanos muy ocres, y entre los guijarros y entre las flores malvas que casi no huelen, emerge este olor a vino por las uvas prensadas sin más pies que los de la gravedad.

Hoy es el día de las escritoras.

No sé muy bien qué significa eso, escribir es cosa del pensamiento.

No son las manos las que escriben, es lo que vas pensando mientras las manos intentan ir detrás, antes de que las palabras pensadas alcen el vuelo y no regresen. Escribir es atrapar los pájaros de las letras al vuelo. Pasan como una bandada las frases y tú no tienes más que estar atenta, que es un no hacer nada, en blanco, delante de la ventana, o sencillamente caminando alrededor de la casa, siempre yendo a hacer algo, ya sea dar de comer a la perra, o tender la ropa, y entonces, al pasar por la parra, hoy, que hace sol, y hace calor, huele a vino.

No es a mosto lo que huele, sino al vino ya fermentado tras haber caído hace unos días porque los mirlos tiran las uvas con sus aletazos mientras atrapan una o dos de un racimo. Y, entonces, ya en el suelo, aplastadas las uvas contra las piedras, forman ese alcohol que regresa al aire con su olor.

A mí estas cosas me dan la vida.

Como la chimenea apagada que huele a fuego y a leña cuando hace sol.

Y por eso escribo de ellas.

La vida de la escritora es esto.

Un no hacer nada mientras se hace todo.

Un estar atenta en pleno despiste existencial.

Pero no es la escritora la que escribe.

Es un algo que viene de no se sabe de dónde y que llega escrito cuando menos te lo esperas, la frase perfecta, muchas veces con el agua, ya de la lluvia paseando bajo un paraguas, ya del grifo de la cocina, esa agua que parece escribir también ella, ¡cuántas cosas se te ocurren mientras lavas las verduras o pones un lavaplatos!

La mujer escritora es esto, hacer muchas cosas y no hacer nada.

Hay quien cree que no trabaja.

Y es verdad, se hace muy poco, sólo juntar letras de vez en cuando.

Como quien ve partir a las golondrinas y se queda en el mismo lugar a esperar a que regresen.

Y es curioso, las letras son pájaros que siempre regresan.

No son las manos las que escriben, sino el pensamiento.

Pero hay días que se te llenan las manos de bandadas de palabras.

Y otros en las que se vacían.

Una marea de escritura que va y viene.

La mujer escritora, siempre en tierra, esperando, no se sabe muy bien a qué.

Sólo sabe una cosa: no se puede escribir queriendo.

Hay que esperar.

Y luego, escribir.

Primero el pensamiento, después la frase.

Mientras tanto, hacemos mil cosas para hacer que hacemos.

La vida de la mujer escritora.

No es vida, es sólo espera.

Y ese no hacer nada, es todo.