Escasez

De pronto me encuentro mirando ropa usada.

Ya lo había hecho antes, en alguna tienda, si no recuerdo mal, de Santander, donde compré una blusa estampada muy original que guardo como oro en paño.

Cuando hago el cambio de armario, que este año, como la caída de la hoja, lo estoy retrasando porque hace más sol y más calor este otoño en Galicia que en pleno verano; cuando hago el cambio, escribía, esta blusa no la muevo del sitio, quizás, pienso ahora, por ser usada.

Me llama la atención este hecho sin importancia.

Si fuera yo un sesudo experto, no estaría escribiendo estas cosas.

Hablaría de la crisis de materias primas que se avecina, del colapso que ya está aquí, con el precio del gas y de la luz disparados, con la escasez de combustible y por ende con la subida de todos los productos de los que ahora disponemos como si no hubiera un mañana. Y no lo hay. Sólo este presente cuyas costuras han comenzado a romperse. No hablo, no escribo sólo de ropa. Hablo de todo. Pero yo no soy, como decía, ninguna experta: sólo una mujer que escribe y jardinea. Y que cambia armarios, o más bien la ropa de uno a otro lugar.

De hecho, me acabo de comprar un pichi de Ailanto con un estampado de cuadros a lo Mondrian, pero en colores muy franceses, menos primarios. Treinta y cinco euros (35) me ha costado. Pone que está nuevo, pero creo que está usado. Me encanta. Ya sólo la palabra “pichi”, por desusada, me gusta.

Para mí un pichi es el otoño, y es el leotardo, y es el jersey de cuello vuelto bajo el pichi a lo Ali Mac Graw en “Love Story” que es mi estilo, hasta de peinado, desde el principio de mis tiempos y que, en el fondo, casi no ha variado: pantalón blanco y niqui azul marino para ir al mar en verano, jersey y leotardo negro y falda de color en medio, y abrigo beige en invierno. El pelo, medio recogido, o en coleta, mientras el tiempo y el sol, que a lo mejor son la misma cosa, luz y horas, lo aclaran.

La ilusión que me hace tener este pichi, que no sé ni cómo me quedará, no creo que pueda describirla, pero sí puedo decir que me apetece muchísimo colgarlo en mi armario, incluso ponérmelo, como cuando encuentro un libro descatalogado en una librería de viejo y al final me gusta mucho más que la última novedad en libros y acabo por tenerlo en mi mesilla de noche también de día.

Estas cosas usadas no sólo han llegado para quedarse, sino que no habrá más remedio que acudir a ellas para no agotar los recursos de la Tierra.

Tomemos pues esta nueva escasez con la alegría del Arte, en este caso Mondrian, cuyo estudio en Montparnasse, pienso visitar cuando vuelva a Paris, y a lo mejor me voy a comer “La Coupole” o a saludar a la doctora Capito y a las enfermeras del Necker a las que les debo toda la felicidad de mi vida, y lo hago con el pichi de Ailanto, seguramente usado, que me acabo de comprar y que ya lo estoy esperando para estrenarlo en cuanto venga el frío y la lluvia y los días de chimenea, y ojalá de nuevo París, con mi pichi de lana pensando quién los usó o lo compró antes que yo, compartiendo con otra persona, sin saberlo, la lana de la misma oveja.

“Segunda mano”, “usado”, “recuperado”, “restaurado”, son el nuevo lujo para unos tiempos nuevos que serán los más viejos de todos, porque nos recordarán a nuestras abuelas: apaga la luz, no tires nada, llévalo a la costurera, esta chaqueta era de mi madre, pon suela a los zapatos, que herede esta blusa tu hermana, etc., etc.

Habrá quien pueda explicar esto con razonamientos mucho más brillantes.

Para mí es una cuestión que ya se huele en el aire: la escasez que viene.

Y no hablamos de economía, porque todavía hoy no se le ha puesto precio a la Naturaleza y a todo lo que nos da gratis; sino de una nueva filosofía más acorde con los tiempos que vienen de escasez, en los que estrenar algo se verá casi como algo indecente.

Un dispendio.

No creo que seamos menos felices por ello.

Al contrario, la ilusión por lo usado es nueva.

Y, a mi parecer, imparable.

Desde una mascota a unos zapatos, bienvenidos a una larga vida de segunda mano.

Y, ojo, esto no es reciclaje, porque nada se pierde ni se transforma ni se destruye, que eso también conlleva un gasto.

Se trata sólo de un cambio de dueño para una misma cosa que sobrevive a la crueldad del tiempo.

He dudado mucho con el título de este artículo, pero al final me he decidido por: “La escasez”.

Tras verlo escrito, he quitado “La”.

No hacía falta.