Esterar

Vestirse de invierno antes de tiempo se llama: esterar.

Se trata de una metáfora del verbo “esterar” que alude a la costumbre de alfombrar con esteras el suelo antes de la llegada del invierno.

Esto es algo, esterar, habitual en los animales que mudan el pelo, como el armiño (Mustela erminea) que, al seguir más al fotoperiodo (número de horas de luz que tiene el día) que al termómetro, se encuentran de pronto, en ocasiones en sólo 72 horas, vestido de blanco, excepto el pincel negro final de la cola, en un paisaje todavía pardo sin que haya caído siquiera el primer copo de nieve para ir a tono.

La palabra “esterar” la encontré de casualidad.

La felicidad que me procuran estos hallazgos inesperados, no soy capaz de describirla.

Me sucede algo parecido a cuando encuentro algo en la Prensa que me guste, como hace un momento al leer en el suplemento ICON de “El País” una entrevista a la violinista Anne-Sophie Mutter que firma Tom C. Avendaño y donde me ha encantado lo que se dice al final sobre Monet cuando le preguntaron por qué había pasado 40 años pintando nenúfares (water lilies) y contestó: “No me interesan los nenúfares, sino lo que sucede entre los nenúfares y yo”.

Esta visión me ha hechizado.

Porque es eso exactamente lo que siempre me ha parecido que hace de la Naturaleza algo extraordinario: la mirada humana.

Creo que lo mejor que tiene la Naturaleza es precisamente eso: nuestra mirada llena de asombro, y si esa mirada es la de un pintor, no digamos, o ¿será que es la Naturaleza la que construye al artista sin quererlo?

Que el pintor se crea que crea en libertad y resulta que es la Naturaleza, el viento, la luz, la flor la que está pintando a través de su pincel.

“Lo que pasa entre los nenúfares y yo.”

¿Se puede decir mejor?

Igual que la Naturaleza, las palabras que la nombran tienen sobre mí ese poder de convocatoria de todos mis sentidos.

Leo: esterar: vestirse de invierno antes de tiempo; y lo comprendo, y me hace gracia, y entiendo que ahí está ese no saber hacer las cosas, como la de vestirse inadecuadamente para una ocasión.

Siempre intentando acertar.

¿No tendrá más gracia equivocarnos?

Creo que sí.

Salgo cada mañana vestida de invierno y a los pocos pasos, ya voy guardando en el cesto todo lo que me puse de más.

Afuera el aire es cálido.

Como una sinfonía de violín exacta.

Sólo el artista acierta.

Los demás, esteramos, y nos vestimos en otoño de invierno.

Puede que, en el fondo, añoremos más el frío de lo que reconocemos.