La micena de las piñas

La micena de las piñas es una seta acampanada, rosada como un ratón, pequeña como una musaraña, que emerge de entre las escamas.

Es una seta de cuento.

Yo no la había visto nunca, más que en fotografías o ilustraciones, hasta que hace unos días, dando un paseo, sobre una piña caída, se me fue la mirada hacia ella y pensé: ¡una micena!

Algunos micólogos la llaman así: “micena de las piñas” como denominación vulgar de la especie Mycena seynii o Mycena seynesii.

Hay algo que, al verla, emociona.

Puede que sea, no por la seta, sino por la piña tan seca, oscurecida por la lluvia, que la sustenta. Que sea de una piña cualquiera, olvidada ya por su rama, de una de esas piñas de las que se diría que ya no sirven más que para encender la primera chimenea del otoño, de la que surja esta seta de la micena que tiene algo de irreal y en su pequeñez, de grandioso.

La que yo vi, estaba sobre una piña que había ido a dar a uno esos terreplanes que también parecen que no sirven para nada y que, como en las cunetas, es donde sobreviven al final las especies silvestres y adonde van a parar estas cosas que te alegran, de pronto, la vista y el día que empieza, al atisbar de lejos que, entre las escamas de la piña caída, ha emergido una micena, frágil como una porcelana, entre la tosquedad de la madera de una piña que semeja un barco varado que navegara por un tiempo que no es el nuestro, sino el de las cosas efímeras y delicadas, de las que pasan desapercibidas y que son, quizás, las más importantes de todas.

Al observar la micena de cerca, con la nariz casi pegada al sombrero, me parece un milagro que pueda surgir algo así de un estróbilo caído del cielo ¿quién hace estas cosas? ¿quién las pensó? ¿cómo se pudo generar este recurso de aprovechar los intersticios de las escamas de las piñas para existir por unas horas y luego, dándose la vez a través de las esporas, seguir de esta manera a bordo del mundo?

Tanta belleza ¿por qué? ¿para qué? ¿para quién?

Dicen que la micena de las piñas es inconfundible porque, aunque haya más de 150 especies diferentes del género Mycena, es la Mycena seynii la única que emerge de las piñas, aunque a veces también lo haga de la madera; y asimismo es la única que tiene ese color rosado, como los bordes de las hojas de un libro antiguo, porque de alguna forma, al encontrarla, intuimos que lo que estamos viendo no es de ayer sino de hace siglos, y de antes de los siglos, uno de esos acontecimientos que, por discretos, se mantienen intactos mientras pasa el tiempo por nosotros pero no por estas pequeñas cosas que permanecen aunque sean fugaces.

A veces pienso que la fragilidad, es el arma secreta de la Naturaleza.

Que su verdadera fuerza no es lo que venimos a llamar “la fuerza de la Naturaleza” sino estas cosas que suceden cada día por detrás del día a día.

La micena de las piñas.