La luz de Andrea

En las bodas, todo el mundo está pendiente de si llueve o de si no llueve.

Pero nadie está pendiente de la luz.

En la previsión del tiempo, falta la luz.

Y no me refiero al número de horas de luz que tenga el día, el fotoperiodo, sino a su calidad.

“Hoy habrá buena luz”, me gustaría a mí escuchar al final de los telediarios, como si la previsión la hiciera, no un meteorólogo, sino un fotógrafo, o un pintor.

Y el sábado, en la boda de Andrea y de Alfonso, hubo una luz extraordinaria.

La traía, prendida del vestido, la novia, mientras bajaba hacia los manzanos, caminando sobre la hierba, con las hortensias blancas, rosadas por el calor, que se dan en la fuente que a mi suegro Tito tanto le gustaba.

No venía Tito con Andrea del brazo, pero estaba su ser en todo lo que brillaba, el sol, el agua, los cristales del vestido de la novia, su sonrisa, sus ojos, su felicidad, su alma resplandeciente.

Tito fue su abuelo y fue su padre, lo fue todo para ella, así que no podía faltar Tito en la boda de su queridísima nieta, alumbrando el aire que respiramos, como alumbró la vida de todos los que le conocimos, con su luz.

Tito nos hizo creer a cada uno de nosotros que éramos únicos.

La pregunta más bonita que me han hecho en mi vida, me la hizo Tito, una Nochevieja, tras las uvas, antes de darme el primer beso y abrazo del Año Nuevo: “Mónica, ¿yo te he dicho alguna vez que te quiero?”

¿Yo te he dicho alguna vez que te quiero?

Puede que sea una de las cosas más hermosas que me han sucedido en la vida, que Tito me quisiera.

A él ¿quién no le quiso?

Era imposible no quererle.

Y acertó a querer a todos y cada uno, tal y como somos, sin menospreciar a nadie.

¡Cuántas lecciones, sin pronunciar una sola palabra, nos dio!

Su luz, que jamás se extinguirá, llegó hasta la boda de Andrea, acariciando con los rayos del sol su cabeza, y cuando la novia levantaba un brazo para tocar con la mano, en un gesto lleno de ternura, el rostro del novio, se le transparentaba, como en las alas de los charranes al atardecer, la luz en el tul de las mangas del vestido, trazando un abanico lleno de destellos como los de una estela de luz sobre el mar.

Sin casi darnos cuenta, que en esto también fue generoso, nos acostumbramos a que Tito se muriera, lo hizo varias veces, aunque siempre resucitaba gracias a su amor por la vida y, sobre todo, al amor por él de sus médicos: Félix, el doctor Pacheco; y Fernando, el doctor Casals. Si Tito vivió entre nosotros tantos años, ha sido por dos frases: “Llama a Fernando” y “Llama a Félix”. Nunca se lo agradeceremos bastante a los dos, porque ha sido maravilloso disfrutar de un ser tan extraordinario tanto tiempo y que ahora, no le echemos de menos porque nos parece que está Tito siempre con nosotros, y en cualquier lugar donde nos reunamos, como en la boda de Alfonso y de Andrea el sábado pasado, siempre habrá una luz preciosa.

Puede que no sea la materia, sino la luz, la que jamás se pierda.

Que no se destruya, sino que se transforme.

Muchísimas felicidades Andrea y Alfonso.

Que esté llena de luz vuestra vida juntos.