La sal

Hay cosas que olvidas pero que no se van.

La sal. El agua del Mediterráneo cuando te bañas en ella de nuevo y notas la sal que nunca has olvidado, aunque ya no la recordaras, porque forma parte ya de tu ser desde que siendo muy niña me bañé en este mar y el agua tenía tanta sal que el pelo, la trenza que llevaba hecha para bañarme, seguía sabiendo a sal mientras me secaba en la orilla envuelta en una toalla, mirando el mar. No me canso. Podría estar horas columbrando el horizonte, atisbando el trapo de los veleros, ¿será una goleta?, que pasan muy blancos sobre un mar que también es blanco en todos sus brillos y a la vez más azul que el cielo, de un azul que es todo niñez, pero no la propia sino la de todos los niños que aquí se han bañado, como los que retrató Sorolla con esa felicidad hecha de sol y de orilla y de mar que se siente cuando vuelves al Mediterráneo y a su sal igual que en la infancia.

Para el mar, no envejecemos.

Somos siempre niños de nuevo sorprendidos, aunque reconozcamos todo de inmediato en cuanto volvemos a sumergirnos.

Es una sensación que no desaparece de la piel por muchos años que pasen, ese brillo de escamas irisadas entre las pestañas de los ojos entrecerrados llenos de agua cuando nos tumbamos al sol a secarnos mientras percibimos sobre la piel, evaporada el agua del mar, su sal.

Todos hablamos de la temperatura, de lo caliente que está el agua, del sol y del calor que hace, pero yo me quedo con la sal que me permite flotar durante horas mientras buceo mirando el ir y el venir de los tallos de las posidonias, o las salpas en los bancos de arena, o la manta raya, diminuta, casi de juguete, en un claro entre las rocas.

Me asomo a la superficie y todo me sabe a claridad y a luz y a todo y a nada, a la inmensidad y a lo concreto, al tiempo sin esquinas, a no hacer nada, a verano a punto de marcharse y a eternidad azul de mar. A sal. Al brillo de la sal cuando se seca sobre las cosas.

Adarce, creo que se llama.

No importa eso ahora.

La sal es lo único esencial.

Bañarte, quitarte la sal, volverte a bañar.

Esto es vida.

No hace falta mucho más.