El Tercer Camino

La Cultura va por los caminos.

La historia de las personas y de las civilizaciones va con sus pasos, llevando las semillas de un lugar a otro, en la planta de sus pies o en la suela de sus sandalias o zapatos.

¿Cómo no íbamos a pensar? tratándose de un territorio tan rico, como es el territorio histórico de Nendos, que lleva tejiéndose con el ir y el venir de las personas de todos los tiempos, desde que eran los tiempos prehistóricos hasta nuestros días, conformando uno de los paisajes culturales más significativos de toda Galicia y que conocemos como Mariñas Coruñesas; ¿cómo no íbamos a pensar?, escribía, que habría ¡tantos caminos!, ¡y tan importantes!

Uno de ellos, nada menos, Camino de Santiago, pasando por el Monte do Gato, recién comunicado a Patrimonio por el arqueólogo Antón Malde.

Y otro, ¿quién sabe si tal vez el mismo?, y esta conjetura ya es cosa sólo mía, el camino que el Ayuntamiento de Betanzos reclama para sí como el Tercer Camino de Santiago y que denomina “Camino Cantábrico”.

Sin saber casi nada de este Camino, me adhiero a la iniciativa de reclamarlo, porque tras leer a Luis Monteagudo en un libro maravilloso, entelado en azul cielo, bastante grande, casi tamaño folio, y que es el volumen XXVIII de 1955 del “ARCHIVO ESPAÑOL DE ARQVEOLOGÍA” donde se dicen cosas tan interesantes que terminé por comprarlo, a pesar de su precio; me doy cuenta de que la vía romana cuyos indicios quedan probablemente aún hoy por acreditar, y que Monteagudo, tras “varios años de investigación en las fuentes y de varias excursiones arqueológicas” para recoger datos “in situ”, traza un recorrido en su “modesto estudio” titulado “Vía romana entre Betanzos y Guitiriz” que podría tener, habría que investigarlo, algunas coincidencias en algunos tramos.

¿Por qué no?

También yo, emocionada por esa curiosidad que da saber que también con nuestros pasos podemos seguir construyendo la Historia, además de conservar el Patrimonio Cultural que va a ser inminentemente dinamitado, decidí dirigirme a Cazuín, en la parroquia de Feás, donde dice Monteagudo que deriva, tras pasar por Revoltas Longas, la vía romana desde Xora.

Me llama la atención que siendo yo una completa ignorante en esta materia, encuentre documentos que no se mencionan en los estudios de evaluación arqueológica antes de acometer una descomunal obra industrial, como si nadie, ¡ni siquiera Monteagudo!, hubiera dejado escrito, negro sobre blanco, que, por Feás, cree que podría pasar una vía romana.

Y con ese atrevimiento que da la ignorancia me fui a preguntar a Cazuín.

No sé por qué creí que llevaba las botas de agua en el maletero del coche. Me equivoqué. Así que tenía dos opciones: regresar. Ni hablar. O ir a preguntar con unas bailarinas en los pies.

“Me lo temía” pensé cuando mis informantes, tan amables, me indicaron que para ver el camino que ellos llaman, todavía hoy, Camino Real, tendría que subir por el monte, al igual que para ver las ruinas de una capilla en una finca cercana pero que a mí me pareció que estaba muy lejos, a pesar de la belleza del entorno, verde y piedra, bajo la lluvia y el sonido de la lluvia en las hojas de los últimos robles del siglo en el último verano de su vida. No sólo la Historia y la Cultura, también los árboles serán sacrificados, con todos y cada uno de sus siglos en los anillos de su tronco y en la savia de sus ramas.

Me empapé.

Pero también de Historia y de historias.

A la gente le encanta hablar.

Y a mí que me cuenten.

Y me contaron que iban por ese Camino Real hasta Xora.

¡Eureka!

Y entonces me fui a Xora, con los pies llenos de agua. Casi me hubiera compensando descalzarme y hacer el camino como en los tiempos prehistóricos.

Y en Xora, sobre el puente que hay sobre el río Fervenzas o Vexo o río Dous Nomes (dos nombres), un señor muy amable me indicó dónde estaba el Camino Real, que es así como creo se suelen referir los paisanos a lo que fueron vías romanas; así que más contenta que unas Pascuas por haber atado dos lugares a un mismo camino de la Historia, me fui casi bailando con las bailarinas empapadas hasta un camino con unos muros que me recordaron a los sillares de un castillo tardoantiguo, con una vegetación muy ancestral de carvallos y de musgos, y tal espesura de silvas que me pareció una imprudencia seguir con los pies tan mal calzados.

No es manera de hacer Historia ni Cultura ni Camino.

Volveré con las botas.

Y con esa ilusión, tan pequeña e infinita, vivo.