El Caserío de Tión

En la hermosa y antigua escuela municipal de Coirós, está “El Caserío de Tión”.

Tión es Carlos, el novio de nuestra querida vecina Aurita, quien se quedaba al cuidado de mis hijos las noches que salíamos mi marido y yo cuando eran pequeños. Les hablaba con tanta dulzura que yo creo que salieron por eso tan buenos de corazón, como toda la familia de José do Corvo, a quien el otro día recordamos cuando hablaba a los sarmientos, mientras los ataba con vimbios al emparrado: “No te vayas a tronzar, les decía”.

A mí las palabras que usaba José, me gustaban todas, “vimbio” en vez de mimbre, “tronzar”, que ya parecía que sonaba al pronunciarla, en vez de romper, que es un verbo más seco; y no ese tronzar del sarmiento lleno de una savia tan clara como el agua, y tan dulce que, ya lo decía José, les encanta beberla a los perros.

Siempre creí que acabaría escribiendo una novela costumbrista, contando mi vida en la aldea, pintando con las palabras al óleo todos y cada uno de los personajes que conocí en este paisaje y que fueron desapareciendo, dejando un vacío que no se ha llenado ni con nada ni con nadie.

En este paisaje, faltará siempre José do Corvo, y tantos otros que se fueron tras él.

Pero nos quedaba el paisaje.

Ahora pretenden que no nos quede ni eso.

Y como la única arma que tengo es la palabra, tendrá que esperar la novela costumbrista, porque me dispongo a escribir otra novela que se podría clasificar en el estilo que los franceses llaman “eco-noir”, novela negra de ecología; aunque aquí, el color negro, venga disfrazado de verde.

Personajes, no me faltan.

Hay días en los que me parece que lo que estoy viviendo no es real, de tantas situaciones singulares como se van sucediendo, con giros inesperados del guion, personajes que no son lo que parecen, buenos muy buenos, y malos muy malos, y luego los del medio, que son los peores de todos porque quieren quedar bien con los buenos y con los malos y al final…bueno, ya veremos, porque aún no he puesto el “FIN”, ya que aún no ha sucedido.

Sólo sé que quiero que llegue septiembre para empezar a escribir mi primera novela: “Monte do Gato”.

Si a Víctor Hugo le llamaron “Océano” por la cantidad de palabras que escribió; a mí, salvando las distancias desde la place des Vosgues hasta mi casa, me llamarán “Horizonte”, porque lo que me dispongo a relatar es casi infinito de la cantidad de aristas que tiene, la historia más maravillosa y apasionante que he vivido, y que aún me tiene inmersa en ella, esperando, sin quererlo, el final, para, igual que una sentencia, hacerla pública con mi escritura para que no se olvide lo que aquí ha sucedido, y que un día, alguien lo juzgue.

Claro que, cualquier coincidencia con la realidad, será pura casualidad.

Excepto una: nuestro centro de operaciones: “El Caserío de Tión”.

Ahora que el ministro ha desaconsejado el consumo de carne como la Iglesia en los viernes, me parece que este lugar, un verdadero santuario de la carne mejor horneada de toda Galicia, que hasta tenemos un amigo que se desplaza ida y vuelta casi trescientos kilómetros para tomar su “asado lento”, me parece que se va a llenar este verano, por el efecto de atracción que ejerce lo prohibido, y porque acaba de abrir “El Caserío de Tión” una terraza que da la espalda a la carretera y la cara a un jardín donde cantan los carboneros con una fuerza inusitada mientras las vincapervincas florecen silvestres no muy lejos de unas cuadras de tablones de madera por donde asoma una vaca.

También en la carta del Tión, hay unas ensaladas extraordinarias, y fabada creo que los martes, y pescado fresco casi cada día, con unas patatas que están yo diría que aún más ricas que el pescado, que ya es difícil. Los manteles son blancos, las servilletas de tela, el agua está fría, el vino en la temperatura perfecta, el pan es insuperable, y el flan casero es casero, todo está bueno y todo está bien porque además siempre está abierto, no cierra la cocina, y a cualquier hora que mi marido y yo regresáramos de las enésima excursión al Monte do Gato, allí estaba Carlos, el Tión, siempre con sus palabras amables, contándonos con calma y sin contrariedad alguna en el gesto, aunque fueran las cinco de la tarde, qué nos podía dar de comer a esa hora tan rara para dar una comida.

No sé cómo empezará mi novela del Monte do Gato, ni cómo acabará.

Qué personajes quedarán para siempre retratados, quién sabe si inmortalizados, en ella.

Pero este Restaurante “El Caserío de Tión” que nos acogió en invierno y en verano, bajo el sol o la lluvia, en los días más alegres y en los más desesperados, tendrá sus palabras en el libro que escriba porque hay comidas que no se olvidan nunca.