Andrés en su Monte do Gato

Buscando plantas carnívoras fui hoy, de nuevo, al Monte do Gato.

Leí en un informe botánico que hay Droseras al sur de los penedos de Valló, y decidí ir campo a través, desde la entrada de la Necrópolis Megalítica del Monte do Gato, dejando el coche a un lado para echarme a andar por ese camino que es histórico, un ramal de la Vía per loca maritima y que, en los Estudios de Impacto Ambiental que proyectan hacer de este monte un polígono industrial, llaman: “pista forestal”.

Sólo por esto, ya se deberían rechazar estos proyectos.

Por el profundo desconocimiento del lugar donde quieren implantarse.

De hecho, este camino será su principal problema.

Pasar.

Es decir: el vial.

¿Por dónde va a ir?

¿Por el Camino Real, destruyéndolo?

¿Entre los túmulos funerarios, dejando un metro y echándose al pasar las retroexcavadoras un poco a un lado?

¿O se irán hacia donde están las brañas y las turberas que son más antiguas que las piedras?

Se trata de ecosistemas históricos con miles de años de evolución.

Para pasar ¿las van a hacer desaparecer de un plumazo?

Tan valiosos son estos ecosistemas que la Red Natura 2000 exige la protección de estos hábitats (7110 y 7130) en los que el régimen hidrológico es de vital importancia y cualquier alteración por remoción de tierras a su alrededor, acabaría para siempre con la riqueza y particularidad de estas formaciones que han sobrevivido hasta hoy en el Monte do Gato.

En esto pensaba mientras me dirigía hacia ellas para hacer fotografías, no sin mi bastón por delante, ya que la última vez que me acerqué, casi me hundo, y es una sensación que no se la deseo a nadie, al no tocar fondo con el pie, de lo profunda que es la turbera en algunas zonas del Monte do Gato.

Me contó mi amiga Victoria que a un tío suyo le sucedió hace años algo parecido cuando se quedó como yo, casi engullido por esa suerte de arenas movedizas que son los esfagnos cuando aparentan la solidez que no tienen; de manera que, para salir de allí, estuvo el pobre hombre dos horas haciéndose el muerto, hasta que pudo asirse a algo y salir del tremedal. En mi caso, tuve la suerte de no ir sola en aquel momento y que Rafael me echara una mano, asombrado de que no me hubiera fijado yo dónde pisaba, entretenida en hacer fotos.

Esto es lo que más me gusta del Monte del Gato, su carácter aún salvaje, que tengas que ir con cuidado, que te sorprenda, nada más entrar, el canto no de un cuco, sino de dos, llamándose el uno al otro desde las retamas, la xesta hoy plenamente florecida de amarillo.

O que levantes la vista, y divises entre las nubes muy blancas y un cielo muy azul, las siluetas de las tartarañas dando vueltas, una pareja, que quizás tengan ya las crías en su nido entre los tojos y estén divisando el territorio del aire, para protegerlo.

¿Quién las protegerá a ellas si los aerogeneradores, que tienen las aspas a su altura de vuelo, se ponen a dar vueltas?

Hace unos días escuché decir que es, cuando hace poco viento, cuando son más dañinas estas máquinas para los murciélagos, quienes, no se sabe por qué, tal vez por las luces estroboscópicas, se acercan a los macroeólicos como a las farolas de noche, en este caso para morir, y no para seguir viviendo.

Me pregunto si también los aerogeneradores ejercen una cierta atracción sobre los insectos porque, aunque no se refleje la afección sobre ellos en los Estudios de Impacto Ambiental, son cifras considerables las que se barajan de afectación para los insectos, aunque ahora no tenga aquí a mano el dato; y aunque lo tuviera, creo que a los insectos ni siquiera se les nombra, como si no existieran, en ninguno de los Estudios de Impacto Ambiental del megaparque de macroeólicos con los que quieren darnos el cambiazo de tener un monte para todos, a un monte para ellos solos, si se llega a declarar el Monte do Gato suelo industrial.

Yo espero que no.

Aunque sólo sea por lo que vi esta mañana, una mariposa negra y naranja que tengo que identificar, un pollo quizás de alguna especie en peligro de extinción, un esfagno que creo podría ser Sphagnum pylaesii del catálogo de especies amenazadas de Galicia, una Rana parvipalmata hembra, también del catálogo de especies amenazadas y, además, precioso, el algodón de los pantanos.

Lo mejor es que tendré que regresar porque no encontré para fotografiar la Drosera, la planta carnívora que se alimenta de los insectos de la turbera y que su sola presencia designa las zonas de conservación.

También las personas que viven en el Monte do Gato deberían figurar como especies a proteger. Mientras paseaba, divisé a lo lejos un tractor azul y supe que alguien dentro me miraba. Me acerqué y seguí mi paseo hacia el sur de los penedos de Valló, cuando escuché que el tractor me seguía.

Me detuve, me volví y me quité el sombrero.

“Buenos días, soy amiga de Azucena”.

“Yo soy Andrés, el suegro de Azucena, encantado de conocerla.”

A partir de ahí, la conversación fue breve y a la vez inolvidable.

¿Qué le parecen los eólicos Andrés?

“Eso es una miseria para Galicia”, me dijo.

“Las líneas matan todo, matan las flores, matan todo”.

Fue suficiente.

Pensé en el paisaje que nos rodeaba.

Por lo que parece, están dispuestos a causar daños severos a yacimientos del neolítico, a desclasificar Bienes de Interés Cultural del Ministerio de Cultura y Deporte del Gobierno de España, a ignorar posibles fortalezas tardoantiguas de la Cruz do Campo Xaneiro, a hacer como que no existen sus castillos altomedievales con sus muros y pasadizos subterráneos, sus turberas, escribanos, aguiluchos cenizos, murciélagos, mariposas, algodones de los pantanos, cantos del cuco, bosques de abedules…

¿Qué van a hacer con nosotros?

¿También nos van a desclasificar?

¿Destruir el paisaje en el que vivimos?

¿Hasta dónde van a llegar para realizar tamaño despropósito?

Y ¿por qué?

¿Para favorecer a quién?

Son las preguntas que, a día de hoy, con todo lo que aquí aún vive, vuela, canta, florece, Andrés y yo nos hacemos.