La luz

No cabe más luz en este día, se deshace sobre las rosas.

No caben más trinos en el aire.

Más ganas de vivir para siempre.

Sólo me faltaría que esta noche cantaran los grillos para echarme a llorar por la belleza, siempre marchándose, aunque acabe de llegar.

Me doy cuenta, pensaba mientras daba la curva donde hasta hace unos años por estas fechas ya había tórtolas en los cables de teléfono, recién llegadas; me doy cuenta, pensaba, que soy más frágil según cumplo más años, pero no por la debilidad física, sino porque el dolor, aunque sólo sea este absurdo dolor por la belleza de la cual ya sé de antemano que se marchará como un tren con su estación, es más difícil de aceptar porque el tiempo, que todo lo cura, cada vez es menos.

Esa conciencia hace que todo lo viva de otra manera.

No me disgusta.

Pero sí quiero tomar nota por escrito para entender lo que pienso cuando empieza el día con la marca de la sombra en cruz que hacen las maderas de la ventana sobre la pared del dormitorio y que anuncia que el sol ha entrado sin pedir permiso en la casa, y voy a la galería y está tumbado en la chaise longue, con dos sombreros que toman el sol desde bien temprano sin mi cabeza debajo.

Esa luz es tan maravillosa que no sé qué decir ni qué pensar ni qué sentir. Sólo dolor porque se irá volando la luz con los segundos. Y puede que vuelva al día siguiente. O no.

Te das cuenta de que lo que más vale de una casa es lo inmaterial, la luz y los recuerdos que tengas en ella. Y que lo que está bien, siempre está bien; y que lo que está mal, no hay manera de arreglarlo; pero cuando llega esta luz, todo parece maravilloso.

Es pura prestidigitación la que hace el Sol sobre las cosas.

Siempre digo que estamos en manos de la luz.

Esto es algo que los pintores saben muy bien.

Pero también los que escribimos.

Estamos en manos de luz.

Es ella la que guía todo y hace que un día, que no es nada, merezca ser escrito por la luz que tuvo.

¿Cómo se podría describir algo así?

Una luz que trae cantos de pájaros recién nacidos y olor a hierba recién segada y estridular de grillos recién despiertos, los primeros del año, incluso ahora por la tarde, aún en pleno día, han empezado a grillar, lo cual me ha hecho recordar que faltaron todo el invierno.

Son estos días antes de junio, justo las semanas que preceden al verano, las que vivo casi sin respirar, al ver todo tan pleno de belleza que me deja paralizada, como si me entregaran nada más despertarme un saco con monedas de oro y no supiera qué hacer con ellas.

Todo es luz y todo está lleno de luz.

Es lo único que puedo hacer.

Decirlo, escribirlo.

O dejar la página en blanco, y que la luz, con las letras de sus sombras, escriba por mí.