La tartaraña

Me han dicho unas vecinas que saben donde anida la tartaraña cinceta, el aguilucho cenizo (Circus pygargus) entre los tojos y los brezos del Monte do Gato.

Todavía no he ido porque por un lado me encantaría verlo, y por otro prefiero evitar la tentación de acercarme, ya que las aves aburren el nido, lo aborrecen sin regreso, si te acercas más de la cuenta.

Así que iré a verlo sólo ciclear por el cielo.

Me acuerdo mucho ahora de un primo de mi marido al que todos llaman Calolo y que vino desde Oza de los Ríos hace ya casi treinta años a vivir unos días a nuestra casa de Madrid porque había empezado a trabajar y estaba buscando un lugar para vivir, y como nuestra casa de entonces era grande y tenía muchas habitaciones, casi siempre había alguien en ella que se quedaba por cualquier circunstancia a pasar unas semanas, o unos meses, con nosotros.

Pues bien, recuerdo a Calolo, que entonces era casi un niño, mirando por una de las ventanas de la casa, que era un chalet adosado cerca del circuito del Jarama, y que no era feo porque tenía, además, un bonito jardín bajo ese cielo tan azul de Madrid en invierno con la vista de Paracuellos al fondo.

“¿Qué te parece?” le pregunté, mirando su gesto morriñoso.

“Hombre, no es el Monte do Gato”.

Aquella frase pronunciada en un día cualquiera que habría caído en el olvido de no ser por lo que estoy viviendo ahora, se me presenta como la frase más clarividente que he escuchado en mi vida: “Hombre, no es el Monte do Gato”.

Añádase a ello el acento gallego y lloro si la pronuncio.

Desde luego no era el Monte do Gato.

¡Nada lo es!

Acabo de recibir un informe sobre sus valores botánicos, con la referencia de las fincas y la geolocalización de todas y cada una de las plantas en peligro de extinción que posee, con lo cual me dispongo a recorrerlo, ahora que es primavera, para fotografiarlas y documentarlas una a una, y luego las voy a presentar en mi novena alegación que, me doy cuenta ahora, no van a terminar nunca porque siempre aparece algo en el Monte do Gato y en sus valles que me deja intrigada.

El otro día, creo que encontré un petroglifo, pero no lo voy a notificar a Patrimonio hasta que un arqueólogo me lo certifique.

Empieza a faltarme tiempo vital para dar abasto a tanta maravilla.

Esta misma mañana, me dijeron que hay un campo recién labrado donde parece que podrían aparecer trocitos de vasijas de dos mil años de antigüedad.

¿Hay algún lugar en Galicia y en el mundo como el Monte do Gato?

Donde lo mismo hay yacimientos neolíticos, que Castillos del siglo VI del primer reino europeo de Gallaecia, que ramales de la Vía XX per loca maritima, que trozos de vasijas de barro antiquísimas además de orquídeas muy raras por aquí (Dactylorhiza maculata) y plantas carnívoras del género Drosera (Drosera intermedia y Drosera rotundifolia).

Y, a mayores, la tartaraña cinceta, especie amenazada hoy más que nunca en Galicia.

Me pregunto ahora por qué la llamarán tartaraña.

No lo sé.

¡Hay tantas cosas que aún no sé de este monte!

Aprendo cada día de él.

Tenía razón Calolo.

No hay nada como el Monte do Gato.