Plenilunio y calima

Ayer brillaba el sol sobre un mar de mareas vivas por la luna llena, el plenilunio que marca la Semana Santa.

Siempre el domingo de Pascua es el siguiente domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera.

Y cuando cae esta luna en domingo, como ayer, domingo de Ramos; es el siguiente domingo, el domingo de Pascua.

Pensé, mientras me fijaba en el tremelucir de las centellas de la luz del sol sobre el mar, tan parecido al rielar de la luna por la noche, que tal vez las estrellas que vemos sean también una ilusión de algún sol que nos hace creer que son miles de estrellas, cuando en realidad es una sola, como este sol sobre el agua, brillando y temblando, titilando mientras navega su luz hecha trizas, al mismo tiempo.

Por aquí, desde el lugar donde ahora escribo, lo que hay en este momento es una calma inusitada, como de tormenta que no caerá finalmente.

Hay colores en el paisaje: el amarillo jaldo de los grelos florecidos, donde pastan las vacas, y el blanco de nubecilla, aquí y allí, que tienen los cerezos silvestres por el monte, que es un blanco muy sutil, casi como el de un velo, entre el verde nuevo, verdegay, de los brotes de los sauces.

Incluso las vacas se diría que pastan y se mueven a cámara lenta, en esta calima, mezcla de bruma de mar y de arena del desierto, que flota en el aire, deteniéndolo todo, la imagen y el tiempo, que no tiembla como la luz en el agua, sino que está detenida en el paisaje como si fuera a durar eternamente.

Hace dos días, la claridad era igual que la de un agua pura bajo un cielo muy limpio y muy azul y todo el mundo salió a arreglar sus huertas y a echar, incluso de noche, abono de gallina para preparar la tierra, y había una actividad frenética que era la de la luz del sol dando la misma orden que a una flor: sigue, florece, siembra… prepara la tierra un año más, parece decirnos, y así todos, salimos de las casas y todo era un ruido de tractores y de azada y de carros trayendo el abono a la tierra.

Pero hoy, nos ha dejado tranquilos, este aire que no va hacia ninguna parte.

Y nos hemos quedado en casa, esperando no se sabe muy bien qué.

Yo al menos, sólo quiero ya, encontrar mi escritura, como si pudiera volver a sembrarla sobre el papel para que germinen las palabras de la tierra, que son las únicas por las que quiero escribir el resto de mi vida.

O esperar a que salga la luna por el Monte del Gato como anoche cuando todo era luz y era sombra igual que si fuera de día.

Esa luna rosada hecha con la luz del sol y la arena del desierto.

Puede que esté saliendo, entre la calima, mientras escribo.