Exlibris

No sé escribir desde que soy profesora de escritura.

Es como si alguien, en alguna parte, me hubiera hecho pagar con mis palabras por haber hablado de ellas.

La verdad, es que me cuesta escribir desde que enseño cómo hacerlo.

Porque escribir, no sólo es juntar letras, sino casi una reacción química, una fórmula que lleva dentro un secreto indescifrable y que se consigue siempre y cuando no quieras desentrañarlo.

Y que me perdonen si esto no se entiende, o está mal escrito, pero es que soy profesora de escritura de la Naturaleza.

Puede que ya no pueda ser nada más, y nada menos.

Como si lo intuyeran, mis alumnos me colman de mimos, por haberles enseñado; desde una cuchara de madera tallada con sus propias manos, a unos libros, y los últimos que acabo de recibir, me los ha enviado Ana, mi alumna del pasado mes de enero; y entonces, al abrir uno de ellos, me encuentro un exlibris con una rosa que dice: “Las rosas como son”, de José Antonio Muñoz Rojas, dentro de un precioso libro titulado, precisamente: “José Hernández. Exlibris” donde se guarda una colección magistral de sus ex libris, esas obras de arte en las que, en un espacio delimitado y mínimo, se unen la poesía y la pintura, bocetos de la palabra y del trazo, para atrapar el Universo.

Así es como le pido a mis alumnos que escriban.

A vuelapluma, captando, en un destello, el infinito.

La poesía es una suma de cuatro palabras que da infinito, les digo.

Y les pongo de ejemplo a José Antonio Muñoz Rojas, mientras se me va como si volara la escritura de las manos al mismo tiempo que hablo de ella, y de sus secretos y de sus misterios y de su belleza.

Para luego recibir un libro que vengo precisamente a abrir por la página en la que aparece el exlibris con una rosa y que dice “Las rosas como son” y lo entiendo de golpe, las rosas como son, no las adornes, que así es la rosa.

Todo como es, sin más, es todo.

La sencillez.

Me envía además Ana, otra joya, un librito de páginas mordidas por el tiempo, con ese poso rosado que deja la luz sobre las cosas mientras pasa, y que es una compilación de poemas de T.S. Eliot traducidos por Dámaso Alonso, Leopoldo Panero y, de nuevo, José Antonio Muñoz Rojas, entre otros.

Me interesa muchísimo porque durante el curso avanzado que impartiré en octubre quisiera profundizar más en la faceta de traductor de este gran poeta que fuera, que es, Muñoz Rojas, y que aquí traduce el poema “East Coker” (1940) que termina en la página 73, donde encuentro un papelillo también rosado, sobre el que pone:

“Página 73

El último verso de esta página, final del poema, debe acabar:

…En mi principio está mi fin.”

¿Hay algo más poético que una errata?

Y una errata como ésta en la que el poema, sobre el libro, termina: “En mi principio.”

Luego no acaba.

Puedo imaginar el disgusto que se debió de llevar Muñoz Rojas al ver que habían omitido parte del final, y de ahí tal vez este papelillo indicando dentro del libro la omisión que se me antoja ahora maravillosa porque, tal vez, así era la rosa, con menos pétalos en su traducción.

Esas cosas maravillosas que aprendes mientras enseñas y se te van quedando las manos vacías.

Y el corazón lleno.

Muchas gracias Ana.