BIC en el Monte do Gato

Las primeras flores que salen de las ramas son los cantos de los pájaros.

No se habían despertado esta madrugada cuando mi cabeza decidió que ya no tenía nada más que soñar y empezó a dar vueltas a mil pensamientos de cuya espiral sólo soy capaz de escapar si me levanto. Me asomé afuera. El aire tenía una calidez inusitada, casi de verano, y la noche todas sus estrellas. Qué gusto, pensé. Me encantan estas horas robadas al sueño en las que no hay una obligación y que son las horas que más nos pertenecen porque parecen quitadas a alguien, que no eres más que tú; y de ahí tal vez esa sensación de pertenencia de lo que se ha robado al tiempo propio.

Yo me entiendo.

Quiero decir que es durante ese tiempo, previo al llamado lubricán, durante el conticinio, ese momento de la noche en el que ni los perros ladran y durante el cual debería estar durmiendo, cuando mejor escribo, como si soñara; y cuando mejor leo, como si estuviera más despierta que de día.

Y entonces, mientras me tomaba el café leyendo uno de esos informes arqueológicos a los que últimamente me he aficionado, me encuentro, ¡zas!, que resulta que en el Monte do Gato hubo un Castelo o Torre de Teodomiro, que este rey suevo encargó que se construyera aunque nadie aún lo haya geolocalizado, pero que es tan BIC, Bien de Interés Cultural, como la catedral de Santiago, con su nombre (Torre de Teodomiro), tipo (Monumento, Torre), ubicación (Aranga, Monte do Gato), coordenadas (no geolocalizado), e identificación: RI-51-0008825.

El lugar donde se indica que podría estar este Castelo o Torre de Teodomiro, es en el cruce de caminos de la llamada “Cruz de Campo Xaneiro” cerca del río Miñatos, entre dos lugares cuya toponimia lo dice todo con sus palabras: “O Castelo” y “Arma Vella”. Me late el corazón a mil por hora pensando en lo que puede suponer este hallazgo que no lo es puesto que se trata de un BIC catalogado pero cuya existencia se había obviado de tal manera que ni siquiera habíamos reparado en que ahí mismo, en el Monte do Gato, justo entre las lindes que separan los municipios de Oza-Cesuras, Coirós y Aranga, puede haber vestigios de lo que se considera el primer reino europeo bárbaro que se establece en Galicia, y del que hay tan pocos restos y se sabe tan poco, que se podría englobar dentro del periodo oscuro.

¡Cuánta luz podría surgir del monte do Gato sobre la historia de Galicia si se prospectara como el debido!

¿Se puede destruir impunemente un monte con tanta historia, desde las necrópolis megalíticas a los suevos pasando por los romanos?

Quedan los nombres cuando ya no queda nada y dicen que casi todos los lugares acabados en “iz”, como Guitiriz, Brandariz, Allariz… son nombres suevos; así como los acabados en “áns” como Bertamiráns, para nombrar los lugares de su raíz. Todo esto me lo cuenta por teléfono emocionada mi amiga Menena, una de esas personas que dice que no sabe nada y su cultura es inmensa, y resulta que, además, precisamente, quien casó a sus padres era uno de los pocos expertos que sabía en España de los suevos, el profesor Casimiro Torres Rodríguez quien, lamentablemente, ha fallecido, pero que nos ha dejado obras como “El reino de los suevos. La Galicia sueva” que me voy a comprar hoy mismo.

¡Cuánto me hubiera gustado hablar con él!

Indagar sobre el rey Teodomiro y sobre esta atalaya que es el monte do Gato desde donde se divisa exactamente lo mismo que vieron los suevos, todos los montes, y al fondo, el océano y las rías del Portus Magnum Artabrorum, como denominaban a esta costa los geógrafos grecorromanos Estrabón y Plinio.

¡Cuántas civilizaciones!

¡Cuántos vestigios pueden desaparecer con sólo remover un poco la tierra!

En la obra “Ciudad de Betanzos” de Manuel Martínez Santiso, escrita en 1892, se lee que: “En su tiempo se edificó, según el cronicón de Walfrido, una fortaleza importante denominada “Castrum Feacium” (Castillo Feaccio), sobre el monte Caton, en la ribera del Mandeo, que es el que hoy se llama del Gato, como afirma don Ramon García. (…) Tuvo lugar la terminación del Castillo Feaccio, según Walfrido, en 551”.

Hay algo fascinante en este monte que no acabo de conocer del todo. Hoy fui al lugar de “O Castelo”, y había unas flores malvas emergiendo de la tierra entre los musgos. También ellas hablan a su manera, como los pájaros desde las ramas. De los suevos se dice que fueron muy salvajes, pero tal vez se asombraron de la belleza de estas flores aberiotas (Romulea bulbocodium) y de la inmensidad del paisaje mientras columbraban el océano.

Salvajes nosotros, si destruimos de un plumazo, de manera irreversible, en nombre de la descarbonización, todo esto.