Las mimosas

La única luz que tuvo este día fue la de las mimosas.

Es curioso porque tengo un cuadro con un jarrón de mimosas muy parecido al que yo pongo cada año por estas fechas cuando la obra de la Naturaleza coincide por unos días, en tiempos distintos, con la del artista que pintó el cuadro.

Ambos, la ficción de la pintura y la realidad, están enmarcados de oscuridad, bien del día, bien de la escayola del marco, envejecida por los años que lleva este cuadro conmigo, y los que tenía cuando lo compramos, creo que en Buenos Aires, en el mercado de San Telmo, donde dejé otro cuadro que siempre he lamentado no traerme, mucho más grande, con flores y frutas e insectos sobre un fondo negro, de aire flamenco que, al ser de grandes dimensiones, dejamos, porque eran las mimosas las que cabían en la maleta. Creo que también traje unas rosas, que luego regalamos. Pero siempre recordaré aquellas flores abandonadas, aunque no sea ya capaz de recordarlas.

Descuelgo ahora de la pared el cuadro de las mimosas, y veo por vez primera, que yo recuerde, que está firmado por R. Sanjurjo, en tinta roja, porque hay piezas de las que no te fijas más que en el color de la firma de las flores, en este caso amarilla, llena de luz, entre el verdor de las hojas.

A mis alumnos de las clases de “Escritura de la Naturaleza” que vengo dando en unos cursos en estos días de pandemia, suelo contarles que no deja de impresionarme que nadie se detenga a contemplar el movimiento de las ramas de los álamos con el viento, y sin embargo hagan cola alrededor de un museo si exponen, pintados por Monet, esos mismos árboles en un cuadro.

¿Qué hay para nosotros en la obra de arte que no posee la propia Naturaleza que se ha reproducido con pintura?

Probablemente el alma humana que el pintor escondió entre las pinceladas.

Y entonces les digo a mis alumnos que hay que escribir de la Naturaleza así, intentando atrapar la esencia de lo que vemos y que parece hablarnos para que sea atrapado, para siempre con nosotros y con las palabras.

A veces pienso que escribo para que la Naturaleza no pase, pero no la Naturaleza en general, sino la que yo vi y me dio la impresión de que, por instante, me miraba, para que escribiera de ella.

Es en los días grises cuando más falta nos hacen las flores.

Aunque solo sea para escribir de ellas.