Ofelia

| John Everett Millais

En lo alto del Monte do Gato está el humedal reflejando el paso del cielo.

No es nada y es todo.

Agua en lo alto, rodeada de musgos verdes como praderas.

Hay plantas enraizadas que asoman con sus hojas, igual que los ojos de una rana, como si buscasen ya el aire de la primavera, hacia una superficie sobre la que, estoy deseando verlo, saldrán flores blancas en unos días.

También me ha parecido ver hoy, en los alrededores, que ya emergían de la tierra los turiones de los Narcissus triandrus, ¡ojalá!, porque ellos podrían salvar tal vez este lugar, al ser plantas protegidas.

Debo de tener mucho cuidado con las especies, a las que con tanta facilidad confundo, porque me ciega el deseo de encontrar algo que me sirva para alegar que este pequeño tremedal no puede ser destruido.

Todas aquí, me parecen en cualquier caso plantas a conservar, en su diminuta importancia, porque son ellas las que hacen que esto no sea un charco, sino un humedal, un tremedal que tiembla con el paso del viento.

Hay además algas verdiazules flotando, arañas extrañísimas que caminan por la superficie sin mover la tensión superficial del agua, huevos de rana bermeja en los que ya asoman los primeros renacuajos que se pegan a la vegetación, y hay juncos en las orillas y muchas cárices orlando el conjunto que aparece escondido entre los brezos y los tojos como si esta agua estuviera hecha para que sólo la viera el cielo.

Me lamento de no haber visto antes yo todo esto.

De no haberme dado cuenta de la razón por la que se hundía aquí el camino con las rodadas de los tractores, dejando al descubierto un suelo casi negro, encharcado, pero no por el agua de la lluvia, sino por los manantiales que lo alimentan y hacen que sea una charca permanente, rodeada de un suelo que me hablaba, sin escucharlo, a gritos, de que esto es una turbera que han hecho pedazos y de la que ya solo queda, milagrosamente, esta pequeña isla de agua, aunque el humedal llegue siempre más allá del agua que se ve, al empapar las molinias, altas y espigadas, ahora pajizas, escaroladas, tan claras que parecen secas, las orillas.

Me pregunto qué aves verán desde el cielo esta agua, como las becadas cuyo bando encontré el otro día entre los túmulos funerarios, en este Monte do Gato donde acaba y empieza la vida, y al que procuro ir siempre que puedo porque me tiene fascinada.

Vengo ahora mismo de allí, en un día tan frío que las manos se me quedaron heladas mientras fotografiaba plantas que aún desconozco, de tallos ennegrecidos, y brezos nuevos; y ya abajo, pasado el bosque de abedules, en el humedal que considero casi mío, que hasta la tapa de la máquina de fotos que había perdido hace unos días apareció hoy intacta en la orilla, me encontré, al levantar la vista, una mariposa blanca, pequeña, de alas estrechas y fimbrias muy largas, cuyo nombre científico aún desconozco.

Estaba boca arriba, ahogada.

Me recordó de inmediato a “Ofelia” de John Everett Millais, el cuadro prerrafaelita, con Ofelia ahogada entre las flores de una laguna.

Tanta belleza y tristeza al mismo tiempo.

Escuché ayer decir en televisión al escultor Jaume Plensa que el agua lo unía todo.

También este dolor de observar un tremedal que tal vez desaparezca cuando, a pesar de lo que encuentre y fotografíe e identifique en su agua, y aunque clame al cielo que este humedal tan valioso no puede destruirse porque tiene especies protegidas, entren sin embargo las máquinas a destrozarlo dentro de unos meses, en nombre del “interés público”.

Y entonces, yo, lo llenaré con mis lágrimas.