Acantonarse

Como las especies más singulares que sobreviven hoy a nuestra civilización, no nos queda más remedio que acantonarnos.

Es un término este de “acantonar” que recuerdo yo de la asignatura de Botánica, porque se refiere a aquellas plantas que, en la vaguada de un valle, o entre los dos adoquines de una acera, logran sobrevivir mientras a su alrededor todo son dificultades.

Asomar la cabeza en este momento es una temeridad.

No es que haya un virus, es que hay un vendaval.

Me llama la atención que no tomemos decisiones propias, que estemos esperando a que, como cuando éramos niños, nos digan que tenemos que regresar a casa a las nueve o a las diez de la noche.

Si atendiéramos a la inteligencia, no saldríamos más que para lo absolutamente imprescindible.

Me cuenta mi hermano que la M-30 es un puro atasco.

¿Adónde van?

Seguramente a trabajar.

Pero también a atascar los hospitales dentro de un par de semanas.

Y a morir, por desgracia, solos y hacinados, cuatrocientos de cada treinta mil contagiados, que a su vez contagiarán a otros, de manera que ya casi no quedan espacios libres de virus ni en la más remota de las aldeas, si hay personas de por medio. Esto es una cadena, un puente colgante por el que avanza el coronavirus como si fuera un camino hecho de respiraciones, las nuestras, cara a cara, con mascarillas ineficaces, o mal puestas. Alejémonos. Separémonos físicamente los unos de los otros. Que nuestro aliento forme una isla inaccesible de aire.

No falta mucho tiempo ya para estar todos vacunados.

Esta semana salen dos vacunas más, y ya se habla de una vacuna universal que pueda cubrir todas las variantes.

Pasó con las mascarillas: no había para casi nadie y ahora hay dónde elegir y no faltan.

Que cada uno haga lo que considere con su vida.

Mi consejo es que, si pueden, se acantonen en su casa.

Y que esperen.

Como para las especies silvestres que han sobrevivido millones de años, la paciencia nos salvará.

Lo que suceda después, ya lo afrontaremos.

Vivos.