La casa de muñecas

El único blanco que he visto estas semanas ha sido el de las noches con mi madre.

Unas veces porque no duerme, y otras porque duerme tanto que me despierto.

Es muy graciosa; le digo, hace un momento: “Mamá, qué buena eres”, y se echa a llorar como una niña.

A veces me parece que vuelve a ser una niña, mirando la casita de muñecas que fue suya y que me arregló con cariño y yo diría que incluso con primor, mi querido cuñado Valentín, porque no se puede restaurar mejor lo que era un cajón roto al fondo de un trastero, que ahora tiene ventanas recién hechas y puertas y un tejado y una luz para que se vea la casa encendida, lo cual la hace aún más preciosa, una casa dentro de otra casa, y mi madre mirando hacia ella, como cuando era niña, diciendo a cada rato, “qué bonito”, ya que le gusta la rama de haya que le he puesto por encima del tejado y a la que no le voy a quitar las bolas rojas de navidad ni las bellotas de cristal que se iluminan, hasta que se vaya, porque le encanta mirar hacia allí, que es donde tiene mi madre su infancia.

No sé qué hay en estas casas de muñecas que a mi nieta también le encanta y me pide desde París, a través de una pantalla, que la abra para ver la cuna y la litera que le hemos puesto y que, la verdad, es que quedan un poco grandes, porque estas casas de muñecas tienen unas dimensiones muy concretas y yo aún no me entero mucho, pero me voy dando cuenta de que esto de amueblar una casa de muñecas es casi una ciencia y yo diría que un arte, en el que los muebles y las alfombras y los cacharros de la cocina pueden ser piezas valiosísimas, y no estos cuatro muebles de madera que yo he colocado y que ahora veo que desentonan con la maravilla que es esta casa.

La rama de haya deshojada, tan alta que se dobla en el techo, le da un aire real de estar en un bosque; de manera que ya sólo faltaría la nieve o el hielo que cae de noche de las estrellas, escarchando sus ventanas, para que pareciera aún más bonita de lo que ya es ahora.

Lejos de un cuarto de jugar, he puesto la casa en pleno salón, no sólo para que la vea mi madre, sino todo el que venga y se de cuenta de lo hermoso que puede llegar a ser un juguete si es con el que jugó tu madre, y con el que van a jugar mis nietas cuando vengan.

Contiene esa casita de madera, el verano y el invierno de esta casa.

La felicidad de una niña para quien la vida empieza.

Y el consuelo de una madre que se marcha.

No me importaría pasar por ella más noches en blanco, con tal de que se quedara conmigo aquí, mirando su casa de muñecas.