El rusco

El rojo es el color que mejor se ve en la Naturaleza.

O al menos el que antes ven los pájaros.

Quizás por ello, porque haya algo en mí que vuela, se me fueron los ojos mientras paseábamos hacia los frutos rojos del rusco (Ruscus aculeatus, L.), al que también llaman arrayán silvestre, brusco y verdenace, porque es de un verde muy oscuro desde el principio, da igual la estación del año, que parece siempre que acaba de nacer, o que lleva siglos bajo el roble donde lo encontré hace unos días, a la orilla de un río que bajaba tan lleno de barro que no se veía el agua, mientras el rusco se mostraba lustroso, limpio, escamondado, brillante de verdes de aguas puras.

Lo que parecen hojas, en realidad son filocladios, o cladodios, una suerte de tallos que se aplanan hasta semejarse a las hojas que no son y que, aún teniendo forma de lanza que pincha en su extremo igual que un aguijón, tienen su gracia, no sólo por este trampantojo de no ser lo que parecen, ya que las hojas verdaderas ni siquiera realizan la fotosíntesis y se asemejan más bien a las escamas de un pez, sino porque, los cladodios que las imitan, se distribuyen de manera verticilada como si no quisieran verse los unos a las otros, o como si nos apuntaran las cuatro direcciones, Norte, Sur, Este, Oeste, de la rosa de los vientos, dando vueltas alrededor del tallo verdadero, con algún fruto rojo, escondido de la vista, bajo estos cladodios.

Y aún así, como un pájaro, los ves de lejos.

Hay un algo que se enciende como un corazón que de pronto late de nuevo lleno de esperanza cuando encuentras un rusco con esos frutos rojos que son como cerecillas, aún más rojos que la más roja de las cerezas, y con dos, en vez de un huesecillo.

¿Cómo pueden ser tan bonitos?

¿Qué milagro ha sucedido para que yo pueda aún verlo?

¡Qué suerte que no todos los robles se hayan aún cortado!

¡Qué bien que todavía se pueda ver un rusco dando un paseo!

Y por eso lo escribo, para que otro llore por mí si desaparecen un día, como últimamente va desapareciendo todo, en silencio y sin que nadie lo diga, o al menos proteste un poco, que nos han amansado a fuerza de amasarnos en miedos, y estamos en un tiempo en el que, por detrás de la anécdota, pasan las noticias verdaderas sin que casi nadie las aprecie, a fuerza de la saturación que la misma noticia una vez y otra causa, mientras desaparecen las especies sin que casi nadie clame al cielo por ellas.

Los ruscos.

Por aquí hay muy pocos.

Antes de ponían sus ramas para proteger las carnes y los quesos del ataque de los ratones, o se usaban para limpiar las barricas de vino hechas con las duelas del roble a cuya sombra florece, discretamente, el rusco en primavera, y fructifica en otoño y en invierno, como también hace bajo las encinas.

No sé cómo aún sobreviven estas plantas de sotobosque cuando ya casi no hay bosques verdaderos.

Plantas silvestres que han quedado entre los adoquines del tiempo.

Un tiempo que se detuvo al divisar un rusco hace unos días, mientras pasaba, muy turbia, el agua del río.