Bienvenido, invierno

Va pasando mi vida con las estaciones.

Si en la infancia fue el verano mi estación preferida, para luego ser la primavera y más tarde el otoño; ahora es el invierno la estación que más me gusta.

Me identifico plenamente con ella.

Estas ramas grises, este cielo desvaído, esta dulce tristeza en el aire de haber comprendido al fin un poco todo, o casi todo, y que se resume en que el tiempo sólo se ve cuando ha pasado.

Nube de segundos, creo que así definí hace años al Tiempo, cuando era la primavera la estación en la que vivía.

No me importa que ahora sea el invierno.

Al contrario, me encantan estos días de frío y de viento y de lluvia, y de oscuridades iluminadas por lámparas de pantallas de flores desvaídas por el paso del tiempo como si tuvieran al fin, sobre la tela, vida de verdad.

Una vida que se va y que jamás regresa pero que contemplas en toda su dimensión al final, en un día de invierno.

Y aunque acabe de empezar la estación, ya estoy oyendo desde aquí cantar a los pájaros al amanecer y al atardecer con otros tonos que no son los del reclamo, sino más dulces y territoriales porque ya están buscando dónde hacer el nido cuando los días, que han comenzado a crecer con la entrada del invierno, se igualen en duración, día y noche, en todo el mundo.

Es maravillosa esta tristeza, alegrada por las luces de Navidad, con la calidez de la casa encendida, cuando sales afuera a mirarla y te das cuenta de que las cosas son más bonitas cuando las ves de lejos y te da el frío en la cara y entonces quieres volver y entrar en casa y pensar en lo agradable que es este invierno que acaba de comenzar para desembocar, el día menos pensado, en las prímulas por el suelo, los narcisos silvestres por los terraplenes, y los amentos sobre las ramas de los avellanos del río.

Las cuatro estaciones.

Al menos, las he vivido.

Bienvenido, invierno.