Paseo nocturno

He salido a dar un paseo cuando estaba anocheciendo.

No pensaba salir, siendo tan tarde, pero he oído el ruido de la trituradora del maizal de Manuela que me ha traído buenos recuerdos de cuando mis hijos, subidos a un carro pintado de rojo, sobre una montaña de mazorcas doradas, iban al hórreo que luego se llenaba con la luz del maíz que es como la luz de la luna, o del sol al ponerse.

Da gusto salir a estas horas, pienso.

No sé por qué me gusta tanto este momento del lubricán en el que ya casi ni se ve y que sin embargo me parece que veo mejor las cosas, porque están alumbradas por otra luz, que es la de la oscuridad cuando el sol se ha marchado. No es una luz triste. Al contrario, me siento alegre paseando cuando sé que tendré que regresar muy pronto, como una niña que se ha escapado del sol, o de un no sé qué de algún deber dejado a medio hacer.

Hay felicidad también, al menos para mí, en ese no acabar las cosas.

Qué poco ha cambiado todo esto, medito, al contrario que yo, aunque siga siendo igual por dentro, sintiendo la misma curiosidad que cuando miraba el camaleón que había atado a una palmera en mitad del desierto, y que daba una sombra hecha gajos a nuestra casa blanca de Villa Cisneros.

Bajo ya por el camino y sobrepaso el maizal. Me encanta así, con las hojas secas, derrotadas, y más abajo, los grelos, de un verde nuevo muy intenso. Después desaparece el paisaje porque tengo una llamada y en cuanto me pongo a hablar, dejo de ver todo, o aún peor, lo veo y entonces no escucho, y ya sólo tengo oídos para lo que estoy viendo.

Pero en este caso la llamada era importante, por lo cual no he visto ni mis pasos mientras caminaba, y cuando he querido darme cuenta, ya estaba al final del camino, y como me salió un perro a mirarme tras su valla con cara de no muy buenos amigos, me he dado la vuelta y he regresado por donde había ido y entonces, sí, tras haber colgado el teléfono, he visto que estaba saliendo la luna justo por encima de Merille, hacia el noreste, como hace estos días, los días más cortos del año, también el Sol, que, como la Luna, nunca sale dos días seguidos por el mismo sitio.

Oigo la ordeñadora y entonces veo otra luna que es la luz encendida de las cuadras de Manuela, ordeñando las vacas para hacer los mejores quesos del mundo, con la humildad de quien es grande por hacer alguna cosa bien hecha.

La luna llena sigue subiendo mientras yo también camino sobre la Tierra y ya casi llegando a casa, me pasa por encima de la cabeza un murciélago. No hace mucho frío, me digo. Porque me extraña que vuele tan entrado ya el otoño, que ya casi es invierno. Pero puede que aún queden insectos en el aire y está el murciélago con su vuelo errático de mariposa capturándolos como si fuera verano. Me gustaría saber identificarlo, ponerle un nombre, aunque sólo fuera el vulgar, tal vez es un murciélago común, de orejas redondeadas. No lo sé. De la Naturaleza, según pasan los años, me doy cuenta de que no sé nada comparado con lo que quiera saber, que es un deseo que, en vez de decrecer, se acrecienta cada día que pasa, por lo cual cabe colegir que falleceré absolutamente ignorante si lo comparamos con lo que me habría gustado saber, antes de morir, de la Naturaleza.

La luna está ya muy alta cuando abro la puerta de casa.

Se eleva en el horizonte con un halo a su alrededor muy claro, igual que un arcoíris, pero con forma de anillo.

Me asomo para cerrar las contraventanas del dormitorio y entonces observo el brillo de la luz de la luna sobre las hojas de las hortensias que, aunque sean de un verde muy oscuro, parecen de noche blancas.

Espero dormir de maravilla tras este paseo nocturno.