Al sol de París

Con las piernas estiradas sobre una silla, la cabeza baja, el libro abierto, una mujer lee al sol en su pequeña gran terraza de París, con toda la inmensidad de esta maravillosa ciudad a sus pies.

Ella no me ve, al estar absorta en su lectura, pero yo sí a ella, desde la ventana de arriba, un poco hacia la derecha. No hay casi nada de París que no se vea desde aquí, sobre este mar de tejados grises de zinc y de chimeneas rojas de arcilla…el Pompidou, Notre-Dame, Les Invalides, la ópera, la torre Eiffel, el Arco de Triunfo…Nunca antes había visto París con un cielo tan azul, tan claro, tan limpio. Y con tanto silencio, que hasta las pisadas de los corredores se oyen por la mañana sobre los adoquines, e incluso su respirar jadeante (sin mascarilla, que aquí no es obligatoria para hacer deporte al aire libre) cuyo ruido sube como un humo por los edificios entre los que resuena, haciendo eco, a través de este silencio que tiene ahora la ciudad.

Puede que no haya en todo París una vista mejor que ésta, desde lo alto de la colina que, aún siendo sólo un tercer piso, si miro hacia abajo, se diría que estoy a bordo de un globo aerostático desde el que contemplo, como si flotara, la ciudad día y noche, con su luna en cuarto creciente justo encima de la Torre Eiffel, que parece un faro protegiéndonos con el haz de una luz que gira sobre el mar de tejados para darnos esperanza a todos los que nos asomamos a la ventana pensando en el futuro.

Y el futuro es más que nunca hoy el presente, el día a día.

Y hoy hace tanto sol que dejamos las ventanas abiertas para que nos de bien en la cara, y entre el aire puro a llenarnos de una suerte de tranquilidad primaveral, porque es primavera, si no fuera por las hojas del otoño por las calles, entre las mascarillas caídas.

La mujer de abajo, es casi una figura de Hopper, solitaria, tranquila, quieta, medio escondida. No veo de ella más que las piernas y algo de los brazos y del libro, mientras lee y la ciudad parece no inmutarse, allí abajo. Es sábado. Pero podría ser cualquier día porque todo está quieto, como lo está el reloj de estos días en el mundo. Suenan, sin embargo, las campanas de la iglesia de Saint Jean des Abbesses y entran por la ventana volando como palomas invisibles, con sus ondas sonoras, porque todo en la ciudad se oye, ahora que casi todo ha enmudecido.

Si Montmartre siempre me pareció un pueblecito, ahora parece un pueblo casi deshabitado, por el que se puede pasear sin encontrarte a nadie, excepto si vas al parque donde, por la tarde, están todos los padres con sus niños, o los abuelos que, finalmente, damos la vuelta hacia la tranquilidad de las calles donde los cafés tienen todas las sillas dentro arrimeradas, apiladas con esmero, esperando volver a ocupar las aceras que tanto alegraban los días de invierno en los que con guantes, abrigo y gorro, me tomaba un café que me sabía a gloria, viendo el pasar de la gente. Es ésta quizás la imagen que más impresiona. Las sillas del café, dentro, unas encima de otras, como una torre de tristeza y de añoranza por un tiempo al que no le dimos importancia mientras pasaba.

O tal vez sí.

Porque yo siempre adoré estos cafés, sentarme en ellos a no hacer nada, tal vez leer, como la mujer que hoy al sol, con París a sus pies, sueña que la ciudad es como era.

O que, pronto, volverá a su ser.