Javier Reverte

Falleció Julio casi a la vez que Javier Reverte.

Me pregunto qué pasará con la tierra que araba Julio, qué hará el papel en blanco con las palabras que Javier ya no escriba.

Qué sucederá con los lugares a los que Javier no llegará para describirlos mientras los vivía como si los respirase, porque su escritura era un respirar de cada cosa que iba viendo para llevarla al papel hasta convertirse en el mejor escritor de viajes que he conocido, y con toda seguridad en uno de los mejores escritores de viajes de toda la historia de la Literatura, entre los grandes que él admiraba.

Poco puedo yo decir de alguien tan entrañable como fue Javier Reverte para los que le conocimos. Había algo en él de niño. Se diría que esa curiosidad que se va desvaneciendo con la edad, en Javier no había hecho otra cosa que acrecentarse. Cómo miraba. Callado, pensativo, con la media sonrisa del chaval que está tramando algo, con esa curiosidad infinita que sólo puede venir de un alma que no se ha traicionado a sí misma.

Hizo de su escritura, su Paraíso, su mundo no mejor ni peor, sino visto por él para que fuéramos con él con sólo abrir la página de su último libro, de su último viaje. Se diría que amaba la soledad y la compañía, a partes iguales. La soledad para escribir, esa que es tan dulce; y la compañía de los lectores, en la lejanía. “Mirad, esto es así, lo estoy viendo para vosotros”, parecía decir en cada cosa que describía y que se molestaba además en documentar de una manera periodística muy rigurosa.

Atisbaba yo en su trabajo, y puede que esté equivocada por completo al escribir esto, esas dos partes, del quehacer documentado, minucioso, investigado, casi de avituallamiento de lo que iba a necesitar saber antes de pisar el terreno sobre el que iba a caminar. Pero también había en él, ese valor, singular, artístico, verdadero, de quien escribe lo que está viendo no sólo con conocimiento, sino dejándose llevar por lo que observaba hasta encontrar algo que le dictara al pensamiento, de manera espontánea y misteriosa, una frase, que apuntaba en uno de esos cuadernillos de los que decía que, si perdía, lo había perdido todo.

No dejó de viajar, y aún hoy lo imagino de esa manera.

El último viaje sobre la Tierra lo hizo a Turquía, cuando fue a visitar a nuestro amigo común, Javier Hergueta, con quien forjó una amistad profunda, a raíz de un viaje hasta el delta del río Congo.

África nos unió también a nosotros, cuando me pidió el libro, entonces ya descatalogado, de mi padre: “Ifni y Sáhara. Una encrucijada en la historia de España”, y mi padre, cuánto me alegro ahora, le dio uno de los últimos ejemplares en papel que le quedaban, y además dedicado.

Recuerdo a Javier, cuando nos vimos en una cena de los Cavia, en la casa de ABC de la que salimos, en mi caso tras veinte años escribiendo todo seguido, casi al mismo tiempo. Recuerdo una cena en un reservado del club Matador, preparando un viaje a Namibia. “Oye, Mónica”, me dijo, “¿sabes que me han echado de ABC?” A los pocos días me echaron a mí también. Fue un honor salir con Javier Reverte.

Me encantó que viniera también a cenar a la casa que tuviera yo en Madrid, tan cerca de la suya que cuando Javier Hergueta nos convocaba para un aperitivo en la taberna Maravillas, salíamos hacia allí subiendo la cuesta con la alegría, privilegio absoluto, de tomar un vermut con Javier Reverte.

Seguimos muy de cerca todo el contencioso que ganó, para los que vengan detrás y puedan seguir escribiendo, aunque se hayan jubilado. Le quitaron la pensión. Y lo ganó. Pero pienso ahora cuánto daño pudo hacer a su salud ver que, de la noche a la mañana, tras haber trabajado de periodista toda su vida, no le habían ingresado su pensión, y que le pedían además una multa impagable, por haber cometido el terrible delito de seguir escribiendo.

Cuánto me alegro ahora de que, al menos en su caso, se hiciera justicia antes de su fallecimiento.

Todos los escritores y los que vengan detrás, deberíamos levantarle un monumento ya sólo por haber sentado este precedente: que se pueda seguir escribiendo, aunque te hayas jubilado.

Pienso en las páginas, en los lugares que se quedarán sin su escritura.

Pienso en esta aldea sin Julio, deteniendo el tractor, preguntando a mi marido qué tiempo hará mañana.

Tierras y páginas en blanco.

Sin nada que dar.