El Parador

Como una ballena azul con la forma del monte de atrás, así es el magnífico y flamante Parador Costa da Morte.

Fuimos por casualidad.

En realidad, nosotros íbamos a una playa de Camariñas que tenía ganas yo de fotografiar despacio, con sus brezos y su duna rampante, cuando de pronto me acordé del Parador, que tal vez ya estaría inaugurado, y entonces, sin mucha fe, nos encaminamos, no sin antes perdernos, hasta llegar a dar con una obra fabulosa que nos gustó ya de lejos.

Más bien nos entusiasmó.

¡Qué bonito!

Llovía cuando llegamos, dando gracias por cada cosa que veíamos, deteniéndonos bajo la lluvia a contemplar la vista, llena de inmensidad, y de esos azules y esos verdes y esos claros de la arena y del agua cuando toca tierra.

Todo está dentro.

En cada asiento, en cada mesa, en cada luz, en cada sombra, en cada fotografía, en cada escultura, en cada espacio de lo que vimos, que no fue mucho, porque sólo nos detuvimos a comer, pero sí nos dio tiempo a apreciar la excelencia con la que todo estaba hecho, el adoquinado de la entrada, los cristales de los balcones, la separación de las habitaciones con maderas, las claraboyas como respiradores de ballena, la cubierta vegetal y la de cristal y madera de bambú y de haya y de roble, haciendo las ondas del océano, la piscina infinita, verdiazul y transparente, blanca como la playa de Lourido, los sofás grises con formas de piedra, las sillas de la terraza que te hacían apreciar aún más ese contraste entre la línea humana y la del viento.

Nada, o casi nada, está aquí fuera de sitio (personalmente, pediría sólo que emplazaran en otro lugar los aerogeneradores que hacen trizas cualquier horizonte donde se sitúen).

Todo lo demás es, dentro y fuera, a mi parecer, sencillamente, perfecto.

Pura belleza.

El restaurante, milagrosamente también, porque todo aquí es casi un milagro de aciertos, estaba abierto, y nos atendieron de maravilla, se podría decir que porque éramos los únicos clientes en ese momento, tal vez los únicos en todo el día, lo cual nos hermanó en unos pocos minutos con el personal que allí trabaja, y se esmera a pesar de todo, para darte la mejor de las comidas, llenándote de felicidad no sólo el estómago, sino el alma, porque todo lo que está bien, entre la belleza, se agradece en lo más profundo, y yo creo que recordaré siempre el caldo gallego que me tomé en este Parador, servido en una sopera de porcelana blanca, con su tapa y todo, un caldo caliente mientras afuera se divisaba la playa y el océano y el faro de Cabo Vilán muy dorado al fondo, y Muxía llena de colores de barcos en las fachadas, y arriba el cielo con todos sus nubarrones y sus azules y sus luces de otoño.

No nos quedamos a dormir, y seguramente fue una pena, porque en ningún otro momento, ojalá, se pueda dormir en un parador tan vacío, lo magnífico que tiene que ser, verlo iluminado en ese lugar que es único en el mundo.

Se diría que este Parador, podría ser una de esas piedras que se mueven, que podría incluso salir volando, de la ligereza de espíritu que contagia, aunque tenga la solidez de la piedra sobre la que se asienta.

Pensar en que puedes bajar hasta la playa dando un paseo por caminos sinuosos de arena entre las sabinas, y luego subir y bañarte en la piscina mirando al océano, y verlo de nuevo, ya desde lo alto, mientras buceas con los ojos abiertos… tengo que volver sin falta.

Fue el sábado pasado uno de esos días en los que piensas que no va a suceder nada, y de pronto descubres que la belleza arquitectónica, esa armonía entre el paisaje, la Naturaleza y la obra humana, es posible.

A quienquiera que le corresponda, aunque sólo sea una mínima parte de este mérito: muchísimas gracias.