Anemocoria viral

El problema no es el frío, sino el calor de las calefacciones.

Que este ascenso brusco, explosivo, de la curva en Europa, pueda tener mucho que ver con el aire que respiramos, ya que el virus SARS-CoV-2, es un virus aéreo.

Que esta micropartícula de entre 0,07 y 0,13 micras de diámetro aerodinámico que es el virión del virus SARS-CoV-2, podría estar valiéndose, como ya se sospecha que hace el virus de la gripe estacional, de la materia particulada respirable, sobre todo de las finísimas partículas de menos de dos micras y media de diámetro aerodinámico, las PM2,5 que emiten las chimeneas de las calefacciones y los tubos de escape de los coches contaminantes; y a bordo de ellas, igual que el polizón de una aeronave, o incluso formando conglomerados, estuviera alcanzando, gracias a la respiración humana (algo que hacemos unas 23.000 veces al día cada persona) los alveolos de nuestros pulmones.

Que no sólo la contaminación empeore el pronóstico de la enfermedad de la Covid-19, como ya se ha dicho y escrito y descrito y divulgado; sino que la contaminación del aire, y en particular la polución con las PM2,5, sea en estos momentos uno de los principales vectores de transmisión de los viriones del virus SARS-CoV-2.

Cabe colegir entonces que la curva se haya podido disparar ahora, ¿sorprendiéndonos?, por el encendido de las calderas para calentarse. Que en los países donde no hace frío, sea la contaminación de los coches la que esté ayudando a propalar el virus, entre otros factores. Que, en Italia, la primera explosión de esta enfermedad se produjera no por casualidad precisamente en Lombardía, por ser una de las regiones emisoras de PM2,5 más activas de Europa.

Hay que ahondar en la biología de este virus.

En su Ecología.

No se trata de morir asustados, sino de vivir sabiendo.

De sobrevivir al coronavirus con la inteligencia.

Un virus no piensa.

Nosotros sí.

Y pienso que el aire es, con toda probabilidad, el principal medio de dispersión de los viriones del coronavirus SARS-CoV-2.

Un virión, es la forma extracelular de un virus.

La forma es la función.

Puede que la forma sea también una revelación.

Y si atendemos a la forma esférica del virión del SARS-CoV-2, parece estar diseñado para volar dando vueltas hasta alcanzar con sus numerosos “trenes de aterrizaje” las células que se dispone a infectar.

A mí, este coronavirus me recuerda un poco, salvando las distancias, a algunos granos de polen vistos al microscopio electrónico de barrido, como el polen de las dalias, aunque en esta ocasión, la flor de destino, seamos nosotros, y el medio de dispersión no sea ni activo ni por zoocoria como sucede con la polinización de las flores por las abejas, sino de modo pasivo y por anemocoria, la dispersión por el viento, utilizando, en vez de un animal, una de las millones de partículas en suspensión que no sólo son capaces de llegar más lejos por su ligereza, sino de mantenerse suspendidas en el aire por más tiempo, incluso logrando, si cayeron al suelo, resuspenderse de nuevo, cuando el tiempo viene seco y soleado.

Son dos, a mi parecer, nuestros mayores enemigos en este preciso instante en el que escribo y respiro: las PM2,5 y el “buen tiempo”.

Ese tiempo soleado del invierno y del otoño, con inversión térmica, puede ser el peor tiempo de todos. Y las alertas naranjas por viento y lluvia y marejada, las que nos salven.

No se trata de cumplir con los estándares marcados hasta ahora para la calidad del aire, porque se han roto en añicos con la irrupción de este coronavirus cuyos viriones puedan estar tal vez utilizando las micropartículas de la contaminación para dispersarse, como ya parece que lo hacen los virus de la gripe, al haberse demostrado que los picos de PM2,5 durante el invierno en una ciudad, suelen preceder a un pico de gripe a los pocos días.

El aire tiene que estar limpio, traslúcido, transparente, cristalino.

Ahora más que nunca.

Ya se consiguió antes, sin pretenderlo, con un éxito rotundo, visible y absoluto, con el anterior confinamiento.

Quizás un día haya que calibrar cuánto tuvo que ver con el doblegamiento de la curva no sólo el confinamiento en sí, sino el cesar del tráfico rodado, y el apagado de las calefacciones.

Íbamos hacia la luz, hacia el verano.

Ahora vamos hacia la oscuridad del invierno.

Sólo por esto, cabe esperar un comportamiento mucho peor de la pandemia en el hemisferio norte, a no ser que hagamos algo al respecto.

Se trata de medir, y de aplicar la inteligencia.

Inteligencia individual, e inteligencia colectiva.

Medir el número de partículas PM2,5 en suspensión, y también medir la concentración de coronavirus en el aire en tiempo real, no sólo dentro de los hospitales, sino en el aire de las calles, y luego atender a la previsión del tiempo, y después obrar en consecuencia.

Quizás haya días en los que no debiera circular ningún vehículo que fuera contaminante; ni funcionar las calderas a pleno rendimiento.

Antes confinar los humos que las personas.

Quizás haya noches en las que haya que baldear el aire con cañones de agua y jabón para disolver la cubierta lipídica del virión como ya vimos que hacían en China con aquellas primeras imágenes que nos llegaron por televisión, casi de ciencia ficción, de unos hombres vestidos de blanco baldeando de noche la ciudad con cañones de agua a presión.

Apuntaban al cielo, no al suelo.

Baldeaban, no las calles, sino el aire, las partículas en suspensión.

Un virus sólo es en otro ser.

Es inofensivo, mientras no lo pongamos en contacto con los ojos, la boca o la nariz…mientras no lo inhalemos.

No es la única vía de transmisión, pero tal vez la polución de las ciudades esté siendo en este instante una de las principales causas del comportamiento explosivo de la pandemia en el hemisferio norte este otoño, y cabe esperar que también este invierno, si no se toman medidas de calado con prontitud.

Ha llegado el momento de considerar absolutamente en serio la calidad del aire que respiramos nosotros y nuestros hijos y nuestros nietos.

No habrá aire libre con el que ventilar las casas si está contaminado.