Tiempo

Con las hojas de los robles, han empezado a amarillear las naranjas.

Estaban hasta hace unos días tan verdes que ni se veían entre el verdor de la copa hasta que, de la noche a la mañana, asoma ya en ellas el color de la luz cuando se marcha.

Puede que sea por el frío de las madrugadas, que afecte por igual a las naranjas y a las hojas de los robles que han sido las primeras en amarillear, tocando el cielo.

Para mí estas pequeñas coincidencias, de las que hasta ahora no me había percatado, que coincida el cambio de color de las naranjas con el de las hojas de los robles y de los castaños, aunque no tengan nada que ver ni siquiera como especie botánica, me dejan siempre pensando porque es el tiempo de las cosas lo que me parece más importante; no tanto lo que sucede, sino cuándo.

Y así espero como si fuera yo la tierra, el tiempo que media desde que tiran sus erizos los castaños y luego las hojas sobre los frutos hasta taparlos como si quisieran que nadie más los viera por más tiempo. Todo está hecho de tiempo, pensé hace unos días. Todo son formas que tienen un tiempo y un turno, y las hojas que caerán en los próximos días lo harán sobre las ramas secas que también han caído con el vendaval sobre las castañas, como para hacer de travesaños al tejado de hojas que tendrán en unos días.

A la vez, entre los zurrones o erizos, empapados por la lluvia, han asomado las primeras setas que son las mismas del año pasado, aunque sean otras, con sus sombreros violetas, casi fosforescentes, entre los tonos de tierra llena de humus que tiene ahora todo, excepto los musgos del género Polytrichum, de un verdor tan brillante como cuando los recolectaba con mi amiga Lola para el herbario de criptógamas, y con filodios arrollados en hélice que conforman estrellas verdes sobre la madera de las raíces que asoman como si el suelo se les hubiera quedado pequeño. Y justo sobre ese tapiz de un verde nuevo, aunque sea el de siempre, hay setas de colores claros y entre la hojarasca, con la última agua caída del cielo, otras setas de sombreros rojos, cóncavos y de láminas muy blancas, roídas por el ratón de campo.

Hay una quietud extraña, como de principio o de final de algo.

Pero nada hace presagiar nada malo, porque todo sigue a su aire, en un tiempo detenido, no sabemos por cuánto tiempo.

Se va la luz y parece que aún hay sol entre los mechones de hojas amarillas que tienen ya las copas.

Cada hoja que caiga, irá dejando ver lo que hay detrás de ella.

Caen como segundos de un tiempo que se marcha.

Ojalá en primavera, podamos decir que todo ha pasado.