Las orchilleras

Ha entrado la borrasca “Bárbara” con su tremolina.

No sé por qué a mí me gusta este tiempo.

O, tal vez, quiero decir, que cada día me gusta más, estar aquí, escribiendo, mientras afuera sopla el viento y veo a los árboles enseñando el envés, la palma de sus hojas, blancas como las de una mano, aún verdes porque este año todavía no ha llegado el frío en serio.

Únicamente, como se suele decir por aquí, “únicamente”, me da rabia no poder salir afuera y seguir con la tarea que estaba haciendo en el jardín, y en la que me detuve justo delante del limonero.

Sopesaba yo si ir, o no, a por la escalera de madera, la que más pesa, al ser de castaño, recia como el tronco de su árbol, y que nos servía para subir al sobrado donde, con la ayuda de una polea, se colocaban las pacas sobre unos tablones puestos como si fueran los de una mansarda sobre los pesebres de los caballos, pero con líneas de luz y de aire, igual que entre los dedos de una mano, para que respirase la paja como si aún siguiera viva, que en ocasiones lo estaba, y asomaba, por entre las cuerdas anaranjadas de la paca, algún verdor del ricial de las semillas germinadas que habían llegado desde Castilla, verdaderos polizones, a bordo, no de un barco, sino de un camión que dejaba a su paso una estela de campo, hecha de paja en vuelo, por la carretera.

De vez en cuando, subo para columbrar la vista desde allí, que es la mejor de toda la casa, y enseguida bajo, porque los huecos entre las maderas, me dan vértigo.

Para descender, voy de espaldas, como si bajara a la bodega de un barco, y contando los escalones y pensando a la vez… “mira que si me caigo”. Y aún así, la reciedumbre de esa escalera, que hasta cuesta moverla igual que a un árbol, sencilla como si un niño la hubiera construido, me parece la más segura de todas, y no esas que vienen de las ferreterías, ligeras y altas como jirafas, pero tan inestables que hasta el viento que sopla ahora mismo la tumbaría de un plumazo conmigo encima.

Y así, decidí, bajo el limonero, tan cargado de frutos, allí arriba como el cielo en la noche de estrellas, que si finalmente subía, sería con la escalera de madera, bien apoyada al tronco, o a la fachada, para serrar una rama que ha venido a dar por encima del tejado, de manera que los limones caen al canalón de la lluvia, y las ramas favorecen que salgan los helechos entre las tejas del tejado donde lo único que debería de dar para conservarlo es el sol, el viento y la lluvia, pero no los frutos ni las ramas de ningún árbol, ni siquiera las de un frutal que da frutos amarillos como soles.

Una decisión como ésta, hay que meditarla.

Si me voy a caer, que no sea por algo que no merezca la pena.

A favor de subirme, estaba también que, en la hiedra de al lado, habían hecho de nuevo su nido una pareja de acentores con toda suerte de plumas y de lanas, y tenía ganas de subir a verlo, ya que, al estar ahora vacío, y ser coleccionistas los acentores de todas las plumas y hebras que encuentran, me hace verdadera gracia observarlo y a la vez asombrarme de que un pájaro que pone unos huevos pequeños como dedales de un azul celeste, pueda elaborar un nido con el tamaño de una corona, de la cantidad de materiales distintos que incorpora. Hasta una hebra roja de lana, en zigzag, asoma por el borde del cuenco de hierba seca. Una obra de arte.

Por ver este nido, sí, puede que me arriesgue.

En realidad, vivo así desde hace meses. Me arriesgo, no me arriesgo. Voy, o no voy. Me quedo, o salgo. Decisiones en las que soy más consciente que nunca de cuánto puede una decisión, en apariencia insignificante, cambiar la vida para siempre.

También subirme a una escalera bajo el limonero.

Y mientras decido qué hacer, me encuentro que, buscando el origen del nombre de un color en el que ando sumergida, un violeta casi púrpura llamado orchilla, o urchilla, resulta que había unas mujeres canarias que para recolectar la orchilla, un liquen del género Rocella que bebe la maresía del aire de los acantilados marinos más abismales e inaccesibles, se ataban una cuerda bajo los brazos y el otro lado de la soga la amarraban a una pesada piedra, y ahí se descolgaban con una herramienta que les permitiera recolectar la orchilla sin arrancarla de las piedras, para luego guardarla en el delantal doblado y tras venderla, que hicieran un tinte casi tan cotizado como la púrpura que salía de la caracolas del género Murex.

En un maravilloso relato titulado “Las Paces” que rubrica un escritor lanzaroteño, quien firmaba como Ángel Guerra, y que apareció el 20 de febrero de 1920 en la publicación “Nuevo Mundo” que podemos leer en el archivo de la Biblioteca Nacional de España, se describe, de manera magistral, el oficio de las orchilleras en el risco de Famara llamado “Las Paces”:

“Las que criaban, y eran las más, pues para el rudo oficio se necesitaba agilidad juvenil, dejaban arriba, á poca distancia del cantil, los niños medio abandonados, á la custodia de los perros, en cunas improvisadas en hoyos abiertos en la tierra, en cuyo fondo colocaban una azalea, y que sombreaban con unas cuantas ramas de arbusto colocadas en montón, sobre el cual ponían los pañolones extendidos”

Imagino a esas mujeres, colgadas del precipicio, escuchando llorar al niño, sufriendo más que él por su llanto mientras a la vez, echaban al mandilón los líquenes con los que, al venderlos, podrían alimentarse ellas; y ellas, al niño.

Las imagino hermosas, morenas, descalzas.

No como pintó a un orchillero Lasalle en 1837, o Alfred Diston a comienzos del XIX, con botas y sombrero casi de copa; sino que imagino a la orchillera con un sencillo sombrero de paja, atado al cuello, y el gesto en la cara de quien busca algo como a su propia vida.

Trato de comprender ese instante de preguntarse si echarse o no, al precipicio.

Y se descolgaban, tras mirar al niño, por ese niño.

Mujeres de una valentía extraordinaria.

Dicen que arrastraban las piedras más pesadas hasta el borde del cantil de Famara que Guerra define como “pavoroso” para que las sujetaran. Me encantaría saber si aún están ahí esas piedras, los hoyos que hacían de cuna. Cuentan que los líquenes, ahora que nadie los recolecta, cubren ya con manchones claros las paredes de los acantilados.

Al borde, esas piedras, monumentos mudos a unas mujeres valientes.

Las orchilleras, algunas son recordadas porque se desriscaron.

Pero habría que recordarlas a todas.

El miedo, no podían permitírselo.