Con la Ciencia

Cuando, para preguntar, llamaba a alguien, sabía que sabía, si lo primero que me decía era: “No sé”.

Era un científico, o una científica.

Los científicos dudan.

Esto, en un panorama en el que parece que todo el mundo tiene tan claro qué hay que hacer que se enzarzan en peleas de patio de colegio mientras el virus flota en el aire como un escape de gas a punto de explotar, se me antoja lo más valioso que tenemos: la duda.

La duda, si es científica, es nuestra mayor certeza.

No tenemos otro palo al que agarrarnos en este momento, a esa duda de no saber casi nada de este virus, que es lo primero que te dice un científico: “No sabemos”. Para luego decirte lo que sabe, que es muchísimo, pero todo con la duda flotando alrededor, que es como un signo de puntuación: el síntoma de la sabiduría.

Y de este virus, sabemos muy poco, pero sí parece atisbarse algo que puede cambiar nuestro modo de combatirlo, y es que se trata de un virus aéreo, que flota y se transmite por el aire. Nada será más importante en los próximos meses: ventilar y evitar los espacios cerrados. Seguramente, ya teníamos que haberlo hecho, pero no lo hicimos porque no escuchamos a los científicos, que no es lo mismo que los expertos.

El experto, en ocasiones, no sabe nada, o casi nada, aunque se denomine, a sí mismo, “experto”. El científico, suele estar en su laboratorio, y suele ser una persona discreta, callada, a quien, como mucho, se le llama profesor o profesora, doctor o doctora, pero jamás “experto”. Los expertos suelen ser donnadies, vendedores de humo, personas que hablan como si supieran algo.

Necesitamos científicos y científicas.

De todas las carreras: medicina, biología, farmacia, física, matemáticas, ingeniería informática… todos los investigadores que puedan aportar su criterio, sembrado de dudas.

Polímatas.

Que nos guíen, para tener alguna esperanza de que saldremos de ésta.