La primera chimenea

No empieza el otoño hasta que enciendo la primera chimenea.

No es que haga mucho frío afuera, pero sí el suficiente como para que la casa se haya empezado a enfriar por dentro y me haga buscar, por vez primera, unos calcetines gruesos en el fondo del armario.

Hace sol, pero es un sol frío, de una calidez tibia, lleno de dorados, que ilumina las hojas, aún verdes de los castaños, con los erizos ya casi todos pardos, cayendo sus castañas por el peso, esa fuerza de la gravedad que llamamos barocoria, cuando la atracción del fruto por la tierra es mayor que por la rama.

La vida empezó cayendo, como ahora, durante el otoño. Las flores miran al cielo, los frutos al suelo. Y el suelo está más frío, como la tarima de casa, porque hace días, hace noches, que ya no cantan los grillos y se echa la oscuridad más rápidamente encima y entonces, una mañana, decides que vas a encender la chimenea con los sarmientos que quedaron de las últimas podas, y con la leña del ciruelo japonés que se secó y que aún no me había atrevido a quemarlo, porque me da pena, de la cantidad de fruta que dio, y de olor dulce al verano cuando ya todo el árbol era leña, pero exhalaba con el calor del verano un aroma que me recordaba al de la parra con el sol, cuando huele a vino.

Este aire del otoño, huele todo a fruto.

Y a setas, si llueve; y a uva, si sale el sol; y a castaña asada, cuando enciendes el primer fuego y resulta que, al salir afuera, donde el aire aún es templado, huele todo a leña porque las nubes, a pesar de ser altas y dispersas, hacen que el humo baje a la tierra, y te parece que hay una neblina hasta que aprecias el humo que no sabes cómo baja de la chimenea y envuelve la casa por vez primera este otoño.

Flota una sensación de irrealidad, de sueño, en estos días en los que aún hace sol y los árboles siguen verdes y la luz está dorada. Un momento de paz absoluta al comprobar que, ahora sí, el verano ha pasado, mientras camino hacia la leñera en la que se ha convertido el alpendre donde ahora quiero hacer un tendal, al estar a cubierto, y en el que he lanzado cuerdas de sisal y allí, al lado de una bicicleta varada que se apoya en el muro de madera que es la leña arrimerada, me encanta ir a tender la ropa blanca, porque hay un algo poético en toda la escena, como cuando al acercarme hace un momento salieron volando tres torcazas muy grandes, con tanto ruido por el aleteo que se diría que estuvieran aplaudiendo. Me pregunto si ese sonido recibe algún nombre. No acabo de entender las cosas hasta que puedo nombrarlas. Como hace unos días cuando, al dirigirme al mismo lugar, escuché un gemido muy agudo, sin saber si era un animal que estuviera atrapado, o un arrendajo imitando algún sonido, pero resultó que era un ratonero, una gran águila del viento, allí mismo, con una voz que no le correspondía para su aspecto, aunque sí por su tamaño, de lo sonora que era.

Me encantó comprobar que el jardín es ya tan salvaje que tiene ratones para cazar. Creo que el año que viene, volveré a dejar esa parte silvestre para que no se vaya esta águila ratonera que para mí tiene más valor que una rosaleda entera.

Regreso a vigilar el fuego y ya tiene brasas.

El frutal estaba muy seco, porque secó el año anterior, pero me dio pena cortarlo y así pasó todo ese verano, preguntándome la gente que por qué no lo cortaba y al fin lo talé a matarrasa, por seguridad más que nada, que por mí lo hubiera dejado como una escultura cubierta de líquenes maravillosos.

Un árbol que nos dio ciruelas, y ahora este fuego rojo de manzanas.