Las orcas

Desde hace varios días un grupo de orcas, con individuos juveniles, juega con los veleros que navegan próximos a la costa de Galicia.

Los tripulantes se asustan mucho.

No es para menos.

Es curioso.

Asusta ver lo que hay.

El mar, ¿en qué pensamos cuando nos enmaramos? ¿que está vacío?

Todo es un poco así, miramos sin ver.

Seguimos viviendo alrededor de nuestras rutinas y nuestro pequeño entorno, sin pensar, sin mirar más allá, inconscientes como el que mira y navega por el mar y lo único que ve, es el agua y el cielo y la ola, pero no imagina por dónde ha trazado su derrota, no va pensando qué puede vivir ahí, qué puede haber, le extraña incluso que algún animal choque con su embarcación, como si el océano estuviera vacío.

Mucho antes de que navegáramos, ya había orcas en los océanos.

Es casi un milagro que sigan existiendo, que estén pasando por las costas gallegas, y que salgan al rebufo de los veleros, quizás el mismo grupo, porque la repetición de un mismo comportamiento en una misma área, induce a pensar que se trata de la misma manada.

No me cabe ninguna duda de que constituyen un serio peligro para las pequeñas embarcaciones a las que, si huyen, persiguen, como hacen los osos Kodiak en Alaska si no te quedas quieto cuando te encuentras con alguno. Para evitarlo, recuerdo que había que caminar por los bosques con un cascabel colgado del cuello. Tal vez, quizás, habría que pensar en algún inofensivo sonido que pudiera ahuyentar a las orcas, o alejarlas de los veleros, igual que la voz humana de una radio encendida en la noche ahuyenta a los jabalíes de los maizales.

Puede ser que estas orcas estén jugando, o sencillamente, entrenándose para la caza, o quién sabe, no se puede descartar, porque ya lo han hecho otras veces: que quieran que los tripulantes caigan al agua y por eso golpean la popa, como hacen con las focas que navegan a bordo de los pedazos de hielo; porque eso es tal vez lo que somos para las orcas: focas. Me llama la atención ahora la foto de los tripulantes que relatan el susto que aún tienen en el cuerpo y que aparecen hoy retratados en la versión digital de “La Voz de Galicia”. Posan con un perro a bordo. También las focas ladran.

La verdad es que, de las orcas que pasan por aquí cada otoño, no sabemos casi nada.

Lo que daría yo por verlas.

Se van acercando a nuestra zona por lo cual no descarto salir a navegar por si tuviera la suerte de avistar alguna, aunque fuera de lejos, para pensar en el mar no como en una superficie azul, sino como un lugar lleno de maravillas aún desconocidas.

Esta noticia de las orcas, es una de las más bonitas de los últimos días.

Llevan seguramente pasando por aquí siglos.

Pero no son noticia si no chocan con alguien.

Que no sepamos nada, no tiene importancia. Que los investigadores del Instituto Español de Oceanografía no dispongan de medios para realizar una campaña y saber algo más de estos cetáceos, los delfínidos más grandes del mundo, de crear un lugar donde pudieran avistarse, interesarse por ellas, fomentar la investigación, crear un santuario para las orcas en Galicia, ¡tantas cosas!...aunque sólo estén de paso…tal y como me informa por teléfono Bruno Díaz, director del BDRI (Bottlenose Dolphin Research Institute) : “La presencia de orcas es común en Galicia, pero no son residentes”.

Hace unos días, vi la aproximación a la Coruña desde el aire.

Hacía siglos, me pareció, que no volaba.

Mereció la pena por lo que vi desde arriba, el cielo muy azul y unas nubes muy blancas, de algodón, a las que les daba la última luz del día. El comandante nos dijo que, en el aeropuerto, estaba nublado. Y, entre esas nubes, lo vimos todo cuando, de pronto, apareció el océano en calma, brillando de grises y la costa de espuma. Al fondo, cortinas de luz y de lluvia. Pensé en las orcas. En alguna posición o recóndita profundidad de esa agua inmensa, nadan, se comunican, juegan, cazan. Fue como si me regaran la mirada. El agua de la belleza, al fin, de este mundo precioso y aún desconocido.

Tanto por saber.

Tanto por mirar.

Tanto por enfocar desde otro punto de vista, no como “atacados” por las orcas o por los virus, sino como lo que somos: otra especie de la historia natural de la Tierra, igual de frágil que el resto. O más.

Tratemos de aceptarlo: un día moriremos, tal vez también como especie.

Pero mientras tanto, que no se nos pierda por el camino la belleza.

Y el conocimiento.

Morir sabiendo que hay orcas en el océano.