Can Grelo

Traigo la isla en la cabeza.

Sigo sin tocar tierra desde que volvimos de Formentera.

La casa, su claridad, se me aparece por todas partes, con cada luz que llega.

Can Grelo es, más que una casa, un espacio alrededor de la luz que da la sombra de los altos y esbeltos pinos cuyas copas, de un verde muy claro, hacen de techo bajo el azul ultramar, único, intenso, verdadero día y noche, del cielo.

Los troncos de estos pinos, que te saludan nada más entrar, son de un gris oscuro y a la vez muy claro, como está por aquí casi todo, nacarado igual que el interior de una caracola; y al fondo, la casa, también muy blanca, con el verde seco del laurel, o del algarrobo, pintando sus maderas, como para matizar la luz que llega por todas partes, ya desde el aire, ya desde el suelo, también deslumbrante, ya del agua de la piscina, que es un trozo de mar encerrado.

Hay algo marinero en los árboles, y terrestre en las plantas acuáticas como la posidonia que se amontona en las orillas de la playa de Migjorn, a la que vas desde Can Grelo paseando por un camino de tierra algo rosada, orlado de sabinas con hojas dispuestas en escama de pez, olorizado el aire del amanecer por los romeros, con caracoles también muy blancos por el suelo, además de posidonias plateadas, ya secas y rizadas, e hinojos marítimos florecidos entre la arena que desemboca en una lámina infinita y transparente de agua que sólo se vuelve azul en el horizonte, tremeluciendo a la luz del sol con tanta fuerza que, para mirar al mar, hay que entrecerrar los ojos.

Es Formentera un lugar excepcional que no se ha traicionado. Que se conserva porque se ha llegado a tiempo para dejarlo en paz. En paz el mar. En paz las dunas, protegidas por unos gruesos postes de madera por donde discurre, haciendo ondas, un cabo, para que mires sin tocar, como si fuera un escaparate lleno de joyas, que lo son, joyas botánicas como las azucenas de las dunas florecidas de blanco mientras huele a pino y a romero con el agua de la maresía también brillando sobre el verdor, justo antes de ponerse a cantar las chicharras, banda sonora de los veranos de la infancia.

Hay un momento y un turno para todo, dirigido desde lo alto por el sol.

Nosotros también nos ponemos nada más llegar a su disposición: lo que el sol diga. Y así vamos de aquí hacia allá por la isla, buceando con sus rayos que nos hacen estar dentro de un cristal por el que flotan los peces repartiéndose también los pisos del mar. Las castañuelas, oscuros los adultos con sus colas ahorquilladas de golondrina, en bandadas casi en la superficie, a poca profundidad, de manera que las vemos al fondo como en un cristal verde claro; más abajo, las salpas ramoneando las algas de las rocas, y ya en esas ondas que hacen las olas casi en la orilla, de arena muy blanca y caballones pronunciados, de pronto ves que está lleno de pececillos blancos, también algo nacarados, que van picoteando las arenas, donde puede haber escondido un raor o una manta raya o una sepia con el color de las rocas.

No hay más que mirar al mismo punto donde crees no estar viendo nada para descubrirlo todo, las doncellas, las gorgonias, las esponjas, la luz de bosque marino con arcoíris sumergidos… y ya en la orilla, los trocitos de coral rojo, ondas rosadas por el rebalaje de las aguas más claras que he visto en mi vida.

Es la claridad la que domina todo. Ya desde el frescor de las maderas de sabina que resguardan las embarcaciones en los varaderos entre cuyas guías florece el hinojo marino del que se alimentan las lagartijas que son las sargantanas verdiazules; ya desde la sombra de una higuera donde, me cuentan, se amaturrian las cabras y las ovejas dibujando el gran círculo de una sombra con forma de gran parasol que sostienen los “estalons” o estacas hechas también de sabina o de “pi blanc”, de manera que, una sola higuera, parece un bosque.

La sombra se vuelve también un lugar para estar en la gloria en el porche de Can Grelo, donde por la mañana puedes pasar horas desayunando y donde un día uno pone la mesa, y al día siguiente otro parte el pan o hace el tomate con aceite, sin un orden establecido ni una obligación, vamos y venimos como las olas, reímos como la luz, estamos juntos, Poti, Javier, Sylvia, Susi, Manolo, Elena, Pablo, Freire, Arrojito, Berto y yo, sin más, pasando unos días, sin obligaciones, sin tristezas, sin preocupaciones, dejando libre a un tiempo que sabemos que es único, sin querer siquiera apresarlo, sólo dejarlo pasar, como pasan las estrellas por la noche entre las copas de los pinos.

De Poti y Javier he aprendido que ser anfritión, consiste en dar libertad.

Cada cual hace lo que se le antoja.

Sales temprano a pasear y el mar es un plato.

El velero de Vincent está con él dormido.

Almas que flotan en calma, claridad de Formentera que cura.

No te olvidaremos.

Can Grelo, una casa para ser feliz unos días, o toda la vida.