Septembrinas

Ayer corté unas flores septembrinas antes de irme.

 

Me gusta dejar las flores puestas en los jarrones para tener la sensación de que no me he ido. Cada vez me cuesta más dejar esta casa. Estoy tan ilusionada con ella como cuando vinimos, hace casi treinta años. Ha cambiado muy poco, mientras yo envejecía.

 

Hay flores que, como los árboles, se fueron incorporando a lo que no era más que un linar y hoy un bosque que da castañas tan grandes que, con una en la palma, te cuesta cerrar la mano. No sé de dónde ha podido sacar el agua, con lo poco que ha llovido este verano. Canta un petirrojo en este instante, se ha despertado tras el mirlo. Todo está oscuro, aunque ya es por la mañana. Pero aún dentro de esa oscuridad, hay un orden, unos turnos para cantar.

 

Me da pena que amanezca y aparezca un día radiante, y tener que dejarlo con la casa. En realidad, siempre estuve por aquí así, quedándome y marchándome al mismo tiempo. Siempre viviendo en lo que vendrá: cuando vuelva haré esto, y lo otro. Y luego vuelvo y me quedo mirando todo, a veces haciendo algo, pero mucho menos de lo que había imaginado. La imaginación, es la que más hace, la que más trabaja, aunque luego no lo vea todo realizado. Cualquier cosa que hago, empieza por ella. Me detengo y pienso, sueño, y después, en ocasiones, hago. Con las palabras es distinto, aparecen sin pensarlas, sin premeditarlas, sin pre-escribirlas. Aparecen sin más, como estas que escribo, y de pronto, surge justo lo que quería escribir sin haber ido a por ello. En la escritura de la Naturaleza, no vale echar migas a las palabras, esos pájaros.

 

Siempre escribí por el camino, sin un lugar en casa; si acaso, la cocina. No me siento mal por ello. Al contrario, la cocina es el mejor sitio para escribir y a la vez ir haciendo algo de provecho. Nunca supe escribir con una pared de libros al fondo. Lo intenté. Pero volví a la cocina. Tiene la mejor vista. Desde allí, vuela kilómetros la mirada. Toca las casas que casi ni se ven. También con la imaginación se escribe. Las palabras hacen que veamos lo que la vista no alcanza.

 

Y mientras escribo, se ha hecho de día, aunque ahora no estoy en la cocina, sino en la cama. Es muy temprano y en la cocina empieza a hacer frío. También se puede escribir en la cama, igual que se puede leer un libro. En realidad, se puede escribir en cualquier parte siempre que no te pongas a escribir. Quiero decir que no puede haber disciplina, sino todo lo contrario, ir haciendo otra cosa, que ya vendrá la frase, como los versos que Rimbaud escribió en su cajón de viajante. Esta anécdota la relata Juana de Ibarbourou en el discurso que pronunció en la Universidad de la Republica Oriental del Uruguay, en Montevideo, enero de 1938, con motivo del encuentro con Gabriela Mistral y Alfonsina Storni y que tituló: “Casi en pantuflas”. Nada más leer este singular y valiente título para un discurso entendí lo que iba a decir, a propósito de la escritura. Hay un verbo que me gusta, y que no existe: “pijamear”. Me lo pasaron unos amigos a los que, de vez en cuando, les gusta “pijamear”, estar todo el día en pijama, viendo películas, leyendo, no haciendo nada. Esto me recuerda a una conocida consejera delegada de un conocido buscador de Internet que dijo, años antes de la pandemia, “no quiero vagos en pijama”. La echaron. Los escritores, no lo dicen, no lo cuentan, porque queda mucho mejor salir bien vestido con la pared de libros al fondo, pero se escribe mucho en pijama.

 

A Pío Baroja lo imagino en pantuflas, en su casa de Itzea, con las hortensias virando al verde, como hacen estos días que pierden, con la luz, sus azules. A veces se vuelven granates, como el fruto que no dan nunca. Las hortensias son chinas. Prefiero no pensarlo. También las septembrinas (Amarillys belladonna) que he puesto en los jarrones son alóctonas, sudafricanas. Acabo de leer que se dan por aquí porque se utilizaron para marcar por dónde iban los canales del riego. A mí me las regaló, tras pedírselas, Manuela. Las veía al pasar cada mes de septiembre y le pedí unos bulbos que ahora se dan como si hubiera abierto una jaula de pájaros.

 

No me acuerdo de ellas hasta que florecen.

 

Es septiembre, me digo.