Otoñada

A la nueva vegetación que aparece al final del verano bajo la hierba agostada se le llama otoñada.

Salí ayer después de comer a que me diera un poco el sol en la cara. Me senté. No en el suelo ni en una silla, sino en la madera que hace de caja para la huerta y en la que este año, al no sembrar allí nada, se ha vuelto tan salvaje que tiene una xesta, una retama silvestre, que está ya más alta que la barda de la cerca de mi casa.

Se estaba bien, al sol, con la retama en la espalda. No me extraña que los vivares suelan construirse también así, al abrigo de una retama. Ha medrado tanto este arbusto durante el verano que ya casi no veo desde aquí las cuadras de Manuela, ni las pacas que, en grandes espirales de hierba seca, guarda para el invierno en el alpendre.

Imagino que sus vacas estarán contentas por esta otoñada tan temprana que no tiene los colores del otoño sino el verde más tierno de la primavera.

Se diría que, al no haber llovido casi nada este verano, todo, en cuanto llovió, germinó con ganas. Cada año llueve menos, o eso me parece, aunque a lo mejor llueva lo mismo. Quiero decir que ya no son días y días de lluvia lo que vienen, como aquellos años en los que se ponía a llover en septiembre y ya no paraba; que hubo un invierno en el que la lluvia nos acompañó todos los días. Por la noche se despejaba, como para respirar un poco el cielo. Y al día siguiente, volvía a llover. Como un niño, tenían las nubes el horario cambiado.

Lo que sucede ahora es que, cuando llueve, llueve. Y este verano, cuando escribo que ha llovido muy poco, me refiero a que no ha llovido durante muchos días; pero, eso sí, el día que llovió, sopló un huracán, con viento del sur, fue casi un diluvio. El agua tibia cayó sobre una hierba que estaba tan seca que daba pena verla. Yo, además, con la vaguería acentuada en la pandemia, que no fue más que un acompasar las tareas del jardín a la calma reinante, como había dejado la mitad de la finca sin segar, parecía que estábamos en la sabana y no en Galicia, y aunque a todo el mundo le pareciera mal este aire de dejadez alrededor de la casa, a mí me ha encantado, y más ahora, al ver la otoñada que ha dado tras la lluvia.

Si hubiera segado, cortado la hierba como suele ser la costumbre en los jardines, no hubiera tenido espigas con tantas semillas para caer al suelo y dar ahora esta hierba nueva que asoma entre la hierba vieja, agostada y encamada, con su ciclo ya acabado pero, a la que, por una vez, le hemos dado la oportunidad de expresarse hasta el final, dejando este mundo tras unos pocos meses de vida, no sin antes aclararnos que, la semilla, es lo importante.

En una tarde de verano, fue cada semilla empujada por las gotas de lluvia que hicieron de martillo hasta que se adentraron en el suelo con tanta eficacia que el campo amarillento se ha vuelto, de la noche a la mañana, verde, al haber germinado las semillas como si fuera primavera, de manera que mi campo está ahora más nuevo que cualquier otro de los alrededores, lumbroso, al no haberle quitado la semilla a las hierbas espigadas, ni pastado por aquí el ganado, y además tengo un verde nuevo, con más vegetación de estreno, aunque no tenga la fuerza de la primavera: la verde otoñada.

Todo esto lo pienso y lo sueño y lo trasueño mirando al sol, oliendo la manzanilla, el trébol y la milenrama, viendo cómo se ha llenado el pasto de telarañas que brillan también recién construidas.

La otoñada.

Recuerdo la pena que me daba cuando todo el mundo se iba y me quedaba yo aquí, bajo el sol septembrino.

Y ahora, qué bien me siento quedándome, como si hubiera vuelto a nacer en el mismo lugar, con la otoñada.