Despacio

Todavía no han despegado y ya los echo de menos.

Mi suegra suele decir que se lleva dos alegrías durante las vacaciones: una cuando vienen los hijos, y otra cuando se marchan.

Recuerdo a mi suegra siempre recogiendo, muy despacio, colocando las cosas que se iban a volver a descolocar un minuto después; pero ese gesto suyo, sigiloso, callado, de tratar de mantener, dentro de lo que cabe, un cierto orden en el caos; y esa calma, me ha inspirado para ir, yo también, sin parar, despacio.

Creo que eso me ha salvado.

Mi hijo mayor me ha dicho al irse, con su preciosa familia, dos cosas: “Un diez, mamá” y “te han faltado patatas”.

Un diez.

Eso quiere decir que no he perdido la calma.

Y la verdad es que no la he perdido, no sólo pensando en mi suegra sino porque de alguna manera todos sabíamos que este verano era único y distinto y no quería echarlo a perder por el simple hecho de que no tuviera tiempo ni de respirar, ni de pelar, para freír, más patatas, y consideraba que así estaba bien, y aún así, la verdad, siempre faltaban.

Las patatas fritas, son una cosa curiosa. Se acaban. Sobre todo, si son gallegas y no se queman nunca por mucho que las frías, y quedan crujientes por fuera pero no churruscadas sino claritas, y luego un poco cocidas por dentro, de manera que, cuando se abren, sale, como un cálido respirar, el vaho de la patata.

¡Ah!

Hoy vimos a Antonio en la huerta sacando ya las primeras patatas de la tierra, imagino que también calientes por el día de sol que hemos tenido. Me encanta esta sensación de los frutos, ya sea de la tierra, o del cielo, como los limones al bajarlos de las ramas con el calor del sol de ese día.

Recuerdo que hay crisálidas con forma de colilla de puro que aparecen enterradas entre las patatas de donde emergen mariposas esfinge que migran hacia el norte miles de kilómetros, pero no tengo fuerzas para ir a buscarlas.

¡Qué libres son los animales!

Pensamos eso ayer tras pasar el día en la playa de Razo donde vimos unos correlimos que caminaban a toda velocidad por el rebalaje con tal de no levantar el vuelo y que yo dirigía, persiguiéndolos, hacia donde quería para que volaran, al fin, por encima de la cabeza de mi nieta, enseñando el blanco de sus alas.

No volveré a verla hasta que nieve, como pronto.

De alguna manera, este verano ha sido distinto.

Pero no menos feliz.

He trabajado más que en toda mi vida, día y noche, porque cada vez que Gabrielle se despertaba, era como si fuera de día, todo el sol en su frente como un fruto mientras la besaba y le pedía al Universo y a todas sus estrellas que cuidaran de mi nieta mientras no esté con ella y no me pueda ya despertar porque tiene miedo, para volverse a dormir, yo también, como si lo hubiera soñado.

Y al día siguiente, a hacer más patatas.

Sin movernos del sitio, no hemos parado.

Pero no recuerdo un verano más dichoso, en el que cada día, ha sido el mejor día de todos, al pasar despacio.