Cuasiespecie

Se ve mejor cuando se sabe nombrar.

También se llegan a comprender mejor las cosas si se acierta a definirlas, de ahí que rescate hoy para el título de este artículo la palabra acuñada por un premio Nobel de Química llamado Manfred Eigen (1927-2019) quien con su colega Schuster desarrolló el concepto de cuasiespecie.

Tengo la impresión de que, últimamente, nos estamos ahogando en las cifras.

Puede que nosotros mismos hayamos decidido hundirnos en ellas, en vez de profundizar en las palabras que puedan traer algo de sensatez a una situación que empieza a tener visos de exageración general, ya sea hacia un lado (“no pasa nada”) o hacia el otro (“esto es tremendo”).

Quizás en el término medio, una vez más, esté la virtud.

El lenguaje, también nos puede ayudar estos días en los que las cifras se han convertido en el discurso general, de ahí que me haya gustado este concepto de cuasiespecie, abriendo la imaginación a lo que supone algo así, ya que, cuando hemos hablado de Evolución, lo solíamos hacer casi siempre desde el concepto de especie con un genoma relativamente estable y un nombre científico y un nombre común para un ser vivo, ya fuera una bacteria, una planta o un animal.

Hablamos de las especies como individuos reconocibles.

Pero estos días, vivimos en otra dimensión, y a otra velocidad, de vértigo, que es la de los virus.

Un virus no es una especie, es una cuasiespecie.

¿Qué quiere decir esto?

Para empezar, que estamos ante lo más primitivo que se pueda llamar vivo sobre la Tierra.

Resulta curioso que precisamente el científico que acuñara este término, lo hiciera para poder nombrar lo que sucedió sobre la Tierra antes de que aparecieran las primeras células.

Y es curioso que aparecieran, seguramente, a partir de cuasiespecies.

Cuasiespecies como el virus SARS-CoV-2 que, todavía hoy, nos trae de cabeza.

No se puede hablar de una especie cuando hablamos de virus porque su genoma está cambiando, mutando rápida y continuamente, alrededor de una secuencia maestra, de manera que es más bien un enjambre o una nube de materiales genéticos los que componen un mismo virus, al igual que un cardumen de peces que nada como uno solo.

Cuando hablamos del coronavirus que nos ocupa, lo estamos haciendo de muchas secuencias genéticas distintas que, a toda velocidad, mientras escribo estas líneas, sin necesidad de que pasen millones de años, sino segundos o días o semanas, siguen cambiando.

Y lo más lógico es que vayan mutando hacia secuencias más infectivas, para dispersarse todo lo posible en el menor tiempo posible, pero también hacia secuencias menos letales, para no acabar con la especie hospedadora (nosotros) que, gracias a nuestras células, le damos la vida.

Sin detenernos a pensar en ello, estamos reviviendo estos días el origen de la vida sobre la Tierra en nuestras propias células.

No estamos pues enfrentándonos a una especie de virus con un genoma de ARN que siempre es el mismo, sino a una cuasiespecie, a un conglomerado que no se detiene pero que avanza en tiempo real con nosotros quizás hacia una situación que nos sea más favorable, aunque las cifras de contagios sean más altas cada día.

Además de la vacuna, puede que la Evolución también nos ayude.

Y mientras tanto, de la manera más responsable posible, hay que seguir con la vida, que siempre sigue, aunque no vuelva nunca a ser la misma.

Sólo nos queda, también a nosotros, como especie, encontrar la forma de salir adelante de este atolladero de cifras.

Hacerlo sacrificando de nuevo la libertad individual, ese logro de la Humanidad, no parece la mejor idea.