Agostado

Hay un momento en el que el verano se apaga, pierde su brillo, como acaba de suceder en la última semana.

Los pastos están amarillos y las vacas delgadas.

Hay una tristeza en el aire de los días que ya no son como los del verano cuando empezaba, cuando estaba todo aún verde y a la vez un poco tierno, dispuesto a pasar el verano más bonito que nunca en el campo. Pero los días avanzan y de pronto la yerba se ha agostado y se han agostado los campos por donde vuelan las mariposas de la col buscando las últimas flores ruderales y sólo el maizal y las copas de los árboles guardan el verdor que tiene, envuelta en clorofila, como un tesoro de las hojas, el agua.

Pasan las bandadas de aviones y de golondrinas, tan numerosas que a veces llenan el cielo, y bajan y suben y luego se marchan, como el grillar de los grillos que también ha desaparecido del aire. Hay flores ya de final de verano, como la ipomea violeta que ha empezado a trepar por la barda hecha de zarzas que es ya la valla de mi casa, entre las que han fructificado las primeras moras que, de sus tres colores, verde, rojo y casi negro, son ya de un morado muy oscuro, como tendrían que ser más tarde. Me pregunto si tener tres colores un mismo fruto a un tiempo tiene algún nombre. Pero ahora no los recolecto, sólo sigo día a día, sin saber muy bien ni qué hora ni qué día es, sólo sé que es verano y que la vida sigue, aunque de distinta manera porque se ha secado, delante de mis ojos, día a día, el prado que tengo delante, sin que casi me diera cuenta, mientras alzadas como si no quisieran quemarse con el calor que desprende la tierra, se han abierto unas flores compuestas muy amarillas que siguen al sol todo el día hasta que, al marcharse, se cierran, como si no les interesara nada de la noche.

Se diría que, ante la falta de agua, todo se ha adelantado un poco, por si acaso no llueve, y las zanahorias silvestres cuyas flores blancas en umbela con su cimbel en el centro para atraer a los insectos coraceros siguen abiertas, también han empezado algunas a cerrarse sobre sí mismas antes de tiempo, cargadas de semillas como una mano que guardara monedas por si acaso vienen tiempos difíciles.

Hay una previsión, una anticipación en la Naturaleza cuando no llueve, que siempre me ha parecido curiosa, como el otoño adelantado de la parra, que se quita de encima algunas hojas para darle toda su agua a las uvas. Estos pámpanos secos que se quedan por el suelo servían de forraje al ganado e imagino que también poseen algún nombre que desconozco. Pero, el verano, es un tiempo en blanco, y así voy dejando todo, sin escribirlo, dejando, sencillamente, que, sin mí, suceda; aunque a veces alce la mirada y me diga: qué seco está todo.

Hace unos días en el río, que bajaba también muy menguado, había libélulas buscando dónde dejar la puesta, antes de lo habitual, como si temieran que pudiera el río de pronto bajar sin agua.

Es un verano extraño, el que estamos viviendo.

Un verano que tiene paredes.

Un verano en blanco.

Más agostado que otros veranos.