Horizonte

Como no puedo dormir, me he levantado a escribir.

Salgo afuera sin saber qué hora del conticinio es, y me recibe una bruma que desdibuja las luces de Merille, tan clamorosamente encendidas, apagando las estrellas.

Tengo un amigo que se desespera con estas cosas, y no me extraña. Porque es una de esas cuestiones en apariencia sin importancia, el brillo desmesurado de las farolas en el paisaje nocturno, que a unas pocas personas nos hiere cada noche, al salir ahí afuera y ver un alumbrado tan exagerado, tan apuntando al cielo, en lugar de hacia la tierra, que es lo único que hay que ver con claridad en la noche y, arriba, para soñar, las estrellas. Me pregunto si los niños que nacen bajo estas luces sueñan de la misma manera, al tener encendidos menos astros alumbrando sus cabezas.

Soñar es importante.

La mente se encierra entre cuatro paredes si no se sueña.

Y es curioso que lo más bonito que recuerde yo de Merille, sea precisamente su alumbrado cuando llegamos, que parecía una constelación más del firmamento.

Pero la belleza de aquellas lucecitas se apagó para siempre con esas luces de quirófano que han puesto al monte.

La luz habla, susurra o grita.

Y esta de Merille es una luz chillona.

Me temo que nos va a pasar igual el día que, de pronto, en nombre del medio ambiente, hagan trizas lo único de la Naturaleza que ha permanecido exactamente igual desde el principio de los tiempos: el Horizonte.

Todos los paisajes están ya humanizados, incluso el firmamento que vemos, pero no el Horizonte, donde se tumba a descansar la mirada, y a soñar el pensamiento. Insisto: soñar es importante. No creo que nada pueda hacerse verdaderamente si no se ha soñado antes, anticipado de alguna manera con la imaginación, y ese destrozar los lugares que nos hacen soñar, nos hará más pequeños, más limitados, cuadriculados, frágiles, vulgares, implacables, criticones, metomentodos.

El Horizonte, debería considerarse espacio inmaterial Patrimonio de la Humanidad. Nadie debería poder destrozar impunemente lo que vieron, mientras soñaban, millones de personas antes que nosotros. Nadie debería poder llevarse por delante, de la noche a la mañana, en nombre de la Ecología, ¡ojalá ella pudiera hablar!, el punto del cielo donde los sueños han horadado el aire mientras lo mirábamos. El infinito de un plumazo. Los montes azules con sus caminos de aire para las aves destrozados. El silencio de repente hecho trizas, como la noche del cielo.

Nos falta sentido poético, también para la Ciencia. De no habernos empeñado tanto, o cedido ante los que se empeñaron en la ciencia utilitarista, probablemente habríamos anticipado, al soñar, que esto que nos pasa ahora, podría suceder, y se hubieran invertido recursos en ello en su momento, que era mucho antes de que sucediera.

La Ciencia, también es poesía.

Puede que la investigación básica, esa que se hace para nada, sea la más valiosa de todas, como el verso que aparece sin buscarlo.

Esta Ciencia, la realizan los que sueñan.

Que, al final, son los que nos salvan.

Me voy a dormir, y a soñar con mi nieta al lado.