Manifiesto. La Naturaleza en la era postcovid (II)

Durante las cenas de verano al aire libre nos sucedía igual que en “El ancho mar de los sargazos” de Jean Rhys cuando las mariposas nocturnas se quemaban las alas a la luz de las velas.

Cenábamos mucho afuera cuando llegamos, y ese afuera era más salvaje que nunca.

Los insectos no habían visto por aquí la luz eléctrica, más qu.e la de los rayos durante las tormentas, y la luz de nuestra casa y de las velas encendidas para la cena, atraía verdaderos enjambres de insectos que revoloteaban con las conversaciones, para caer de vez en cuando alguno en el plato.

Ya no hay tantos insectos como antes, o más bien, me parece que no hay tanta variedad como había por aquí hace treinta años. Desde el siglo pasado, no veo una esfinge de la correhuela, de esas grandes como una mano pequeña, con sus colores de flamenco, al tener sobre el abdomen unas rayas blancas, rosas, grises y negras. Lo que noto, también, es que cada vez hay menos moscas, y más golondrinas.

Todo tiene que ver con el aire.

En principio, el aire es transparente y se diría que no es más que el espacio hasta el fondo del cielo, como un agua de la que respiramos igual que en el mar los peces; y luego, más allá, separados por una capa tan fina como el cristal, el resto del Universo, donde somos peces fuera del agua.

Pensar esto siempre me ha preocupado

¿Qué hacemos con el aire que hay ahí dentro?

¿Cómo estamos cuidando, sin pensar en ello, el aire que hasta dormidos respiramos?

Cuando esas mismas cenas las hacíamos dentro de la casa, trasladábamos los platos y las copas y las conversaciones a la galería donde los cristales, a la luz de las velas, se convertían en espejos oscuros. Por aquel entonces, en este claro del monte, no había una sola farola, y la galería se empequeñecía con la oscuridad, y a la vez se comía todas las luces que le ponía, de manera que todos nos veíamos sobre los espejos del cristal muy favorecidos, con la luz melar de la madera y de las velas, y también por el vino que bebíamos y por las risas de la juventud y por estar envueltos en la nube del humo del tabaco. Se fumaba tanto que, aunque las ventanas estuvieran abiertas, se formaba una nube sobre el techo que impregnaba de olor también la ropa y el pelo. De vez en cuando, pasaba una lechuza y nos miraba con su cara blanca. Esto ahora es impensable. Ya no hay cenas envueltas en humo.

Muchas veces me he preguntado cómo hemos sido tan eficaces para limitar el tabaco, al menos en los espacios cerrados, y tan ineficaces con el humo que genera la quema de los combustibles fósiles en un aire que, en las grandes ciudades, no podemos denominar “aire libre”, al estar restringidas las corrientes de aire no sólo por los edificios y por un urbanismo que pensó mucho en el suelo, algo en la luz, y muy poco en la circulación del aire; sino porque, a su vez, forman los humos sobre el cielo de la ciudad una cúpula que impide su dispersión generando un efecto invernadero local que podemos observar en el retardo de la caída de las hojas de los árboles en otoño, al atenuarse el frío que corta como un serrucho la capa de abcisión que une el peciolo a la hoja.

Pero esta pandemia va a cambiar las cosas.

Para empezar, el aire.