Manifiesto. La Naturaleza en la era postcovid (I)

Una de las frases que no me ha dejado desde que la leí, hace ya tantos años que no sabría decir ahora dónde la encontré ni quién la tradujo, es de Paul Auster: “Cuando pasa algo, continúa pasando siempre”.

La fatalidad que, en apariencia, encierra, no es tal, porque corrobora lo que significa, en definitiva, existir; como la nuez que, desde el principio, entre sus arrugas del fruto aún tierno, lleva ya la vejez por dentro.

Puede que una buena parte de lo que seremos en el futuro esté también en nosotros ya al nacer, incluso antes de nacer, aunque después será el fenotipo, la influencia del ambiente, el que nos modele como a una escultura de Rodin con un pie desnudo y torneado justo al lado del mármol aún sin pulir, o como el agua de la casa en la cascada de Frank Lloyd Wright cayendo mientras emana la bruma entre los rododendros, o la luz de la habitación vacía de Edward Hopper, última obra de su vida, “Sol en una habitación vacía” (1963), donde un rayo de sol, lo llena todo.

Puede que así sea el final de la historia: un rayo de luz sobre la nada.

Y que, tal vez, es lo que hubo siempre, sin que le diéramos importancia.

Porque radica ahí, en la importancia de las cosas, donde a partir de ahora viviremos: qué tiene y qué no tiene importancia.

Para empezar, al menos una premisa tendrá cambiar.

La señaló Ramón Margalef, ecólogo que debería haber recibido el Nobel de Ecología que aún no existe, al decir: “el hombre en la biosfera”, y no “el hombre y la biosfera” como si pertenecieran a dos ámbitos distintos, que es lo que, hasta el día de hoy, y de manera general, se considera.

No. No somos nosotros, por un lado; y la Naturaleza por el otro. Somos todos materia viva sobre un pedrusco que se ha redondeado como el canto rodado de un río a fuerza de dar vueltas sobre sí mismo a 1.670 kilómetros por hora.

También nosotros, nos vamos conformando, esculpidos por los siglos.

Y cuando hablo de nosotros, me refiero a la Humanidad; ésa por la que, en el primer escalón de entrada de la librería Shakespeare & Co. de París, nos piden que vivamos: LIVE FOR HUMANITY.

Debería de ser el lema de cada día en los próximos días, VIVE PARA LA HUMANIDAD, de esta era que ya es postcovid si atendemos a Paul Auster: y es que ya ha sucedido, y va a suceder siempre.

Pero no para mal.

Estamos vivos.

¿Cuántas de las víctimas pueden decirlo?

¿No merece su recuerdo un homenaje con un mundo, si no nuevo, que eso es imposible, sí distinto, con otro rumbo en el devenir de nuestra civilización?

Tantas víctimas, tantos fallecidos, merecen que la pérdida irreparable de sus vidas pueda servir para algo.

Y debemos avanzar hacia otra mirada, lo cual no quiere decir que no progresemos con ella, al contrario.

Nos sucede en estos momentos como cuando ocurre un desastre, que para un trozo de monte puede ser que alguien abra un terraplén y la tierra quede en blanco, que es la más hermosa hoja que existe.

Así está nuestro futuro.

En blanco, como una hoja en la que comenzar a escribir la nueva era.

¿Cómo queremos que sea?

Esto no es un asunto económico, o no sólo de índole económica.

Y tiene su gracia que la raíz de la palabra ecología y la economía sean las mismas, del greigo“oikos” (casa o habitación), aunque la Ecología sea la ciencia de la casa y sus habitantes que es la Tierra y su biosfera actual.

Las palabras, ¡dicen tanto!

Puede que sea lo único que tengamos.

Nuestro nombre, para empezar.

Con cada palabra que escribimos, deberíamos pensar que, si bien casi todos los animales poseen un lenguaje, somos el único animal que escribe.

¿Qué hicimos con nuestras vidas, poseyendo tanta capacidad?

Ha llegado la hora de considerar en serio a la Naturaleza.

Hacen falta todas las mentes, de letras y de ciencias y de todas las artes, para que imaginen por dónde podríamos seguir, aunque no nos hayamos movido del sitio.

Y empezar a escribir el Conocimiento también con mayúscula, como hacía Margalef con las palabras Naturaleza, Ecología y Humanidad.

La investigación básica es como la poesía, que casi todo el mundo cree que no sirve para nada.

La poesía es una suma de cuatro palabras que da infinito.

Y sólo con la investigación básica, tendremos un porvenir, la más hermosa palabra que existe porque encierra lo que aún no existe, aunque lo tengamos delante.

Por vez primera en la historia de la Humanidad, el porvenir se llamará Naturaleza.